Esta es, quizá, la objeción que se puede hacer al placer: es insuficiente. Si reflexionas sobre aquello que te produce felicidad descubrirás que existen dos fuentes fundamentales.
La primera, en efecto, consiste en disfrutar.
Muchas veces lo que el individuo quiere es gozar, complacerse en los bienes de que dispone. Charlar con los amigos que ya tiene, jugar a los juegos de siempre, deleitarse con las actividades conocidas que suponen satisfacción y pasatiempo.(…) Sin embargo, ésta constituye solamente una de las motivaciones del ser humano, no la única, ni la principal.
Existe en nosotros un afán de crecer como personas, de ampliar horizontes, de ser más (…) No es bastante complacernos con lo que ya está conseguido. Deseamos, además, ser mejores. Anhelamos perfeccionarnos y, a través del cambio, llegar a ser todo lo que podemos ser, y este deseo, requiere esfuerzo, supone salir de la comodidad de lo conocido, acarrear riesgo y trabajo. No es cierto que el ser humano sea vago por naturaleza. (…) Queremos superarnos. Dos ejemplos se me ocurren: tener un hijo e ir a otro país a aprender un idioma. Ambas actividades exigen salir de la comodidad y hacen aparecer en el mundo algo que no existía hasta entonces: una persona nueva, y una capacidad nueva, hablar otra lengua.
(…) todos queremos crecer, realizarnos, ser más.
Por un lado, buscamos comodidad y disfrute. Es cierto. Por otro, anhelamos conquistar nuevas metas, aumentar nuestras posibilidades, ampliar la vida, aunque esto suponga riesgo y esfuerzo.
(…) todo esto me recuerda la famosa frase de Stuart Mill: “Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho.”
Ética para Jóvenes, Marcos ROMÁN.