sábado, 24 de marzo de 2012
Corazón con viento
miércoles, 21 de marzo de 2012
sábado, 28 de enero de 2012
Malas noticias
martes, 13 de diciembre de 2011
Pies de cadáver
sábado, 30 de abril de 2011
Ojalá
martes, 19 de abril de 2011
17 Abril 11
sábado, 9 de abril de 2011
Buganvilla gris
Es algo que me ocurre sobre todo al final del verano, cuando de las playas se marcharon los turistas y vuelven a la arena en taquigrafía las pisadas de las gaviotas. Entonces al caer la tarde orillo la mar con el coche y miro alrededor para ver como en las casitas de las aldeas exhala en el tejado, como un sacramento gris, el humo lento y venial de las cena de los niños.
Aunque en la liturgia de ese espectáculo siempre recuerdo a alguien, no quiero que haya nadie a mi lado en un momento así. Me invade una infinita congoja y la verdad es que no sabría qué decir. Hay pocas emociones que me produzcan un dolor tan amargo y en realidad a la vez tan agradable, una indecisión tan conmovedora como la que me asalta en ese instante sublime la indecisión moral en el que me apetece aguardar sentado al volante, esperando a que se cierre en falleba la noche sobre el borrador tordo de la marea, mientras murmuraba en mis manos el tiento de escribir mis mejores frases alumbrado por la llamas que deletreen el humo, sequen el llanto y calcinen mi cuerpo.
En realidad muchos de los mejores momentos de mi vida tienen que ver con la estoica conmemoración de sus episodios más amargos, tal vez porque hay edificios cuya deficiente belleza se perfecciona con el fuego inteligente que los devora, igual que con la luna rojiza reflejada en el agua el pescador de bajura descubre con estupor entre la fértil calderilla del banco de sardinas, en la fluorescente manzanilla de un palmo de luz, la mirada tenaz de un muerto.
No sabría muy bien explicar porqué hago eso al vencerme la congoja y caer la tarde. Lo que sé es que algo me arrastra con frecuencia a orillar al atardecer el coche hasta que la marea lame como un congrio las ruedas. Entonces, arrío la ventanilla, prendo un cigarrillo y espero a que surja sobre los tejados, como una buganvilla gris – leve como aliento, reacio como lana fosca –, el humo de la cena de los niños.
Después la noche se cierra sobre el croquis confuso del paisaje y en medio de la inenarrable felicidad de tanta tristeza maniobro frente al mar, prendo los faros del coche contra las olas y presiento que en el postal el ir y venir de su rutina, la marea dejará frente a mis ojos en un poleo de espuma, la mirada expósita de mi cadáver.
J. L. ALVITE
jueves, 31 de marzo de 2011
Con la oreja en el oído
sábado, 26 de marzo de 2011
Almas del nueve largo
Yo tuve diez años en un momento de mi vida en el que todos los niños de mi edad eran mayores que yo. Bueno, a lo mejor eso me ocurría porque estaba distraído mirando cómo se estrenaba a mí alrededor la vida y me fijaba poco en ellos. La verdad es que a los diez años a mí me parecía que el mar aún extrañaba la orilla y que, para no perderse de su aroma, la brisa del salitre y el aliento de las flores recorrían al tacto la costa neófita y garrapiñada.
Una mañana me adentré en la bajamar de Camabados y me metí hasta la cintura en la paz obstétrica y epidural del agua, caminando sobre un silbante morse de almejas y berberechos, sintiendo en las piernas la suave acupuntura de los camarones, sobrevolado por un párrafo de cormoranes altos, como el bracero infantil y descansado de una azulada plantación de silencio, agua y espuma. Mientras el agua pagana y ladrada me santiguaba las ingles, vi pasar a lo lejos una pañolada de veleros orzando en cursiva para recoger un sorbo de viento en la hernia de sus aparejos. Todo entonces era nuevo para mí y estaba seguro de que a cada rato se abrirían flores en las que jamás antes hubiese estado su aroma y ocurrirían frente a mis ojos cosas fantásticas e inimaginables de las que nadie sabría aún el nombre.
Yo solo tenía diez años, sólo eso, como tú, amiga mía, y ¿sabes?, entonces me parecía que nada malo podría ocurrirme y que, con el espectáculo de la vida debutando sin ensayos para mí, los trenes se deslizarían sin fatiga sobre la vainica de las vías, como las yemas de los dedos en la bandurria de Santi el relojero; el hambre volvería pan la saliva en rama de los mendigos y sólo la muerte tendría los días contados.
Todo era entonces tan hermoso, chiquilla, y tan nuevo, que aún la mitad del humo desconocía cuál era exactamente su llama y ni siquiera a los difuntos le habían caído cosas en el olvido. Y te prometo que todo era entonces tan suave, tan fértil, niña, y era todo en aquellos días tan acogedor y entrañable, que podría, si quisiera, recorrer el fondo del mar pisando a oscuras con una campanilla de cera en una mano y una vela ardiendo con sus llamas de miel en la otra mano. Yo tenía sólo diez años. Y todo eso sucedió en un momento de mi vida en el que lo malo que pudiese ocurrirme no sería en absoluto peor que encontrarme en la boca el sinsabor de ese puntito cítrico que de paso, que te apaga la sed, te cierra los ojos.
J.L ALVITE
sábado, 19 de febrero de 2011
San Valentín tiene resaca
En esta sociedad materialista nada se escapa al control del marketing al servicio del poder. Pretenden tener a las mujeres sometidas y mareadas de mil y una maneras (a los hombres, también). La propaganda, disfrazada de celestina progre y feminista, las anima a buscar churri como quien busca el bolso “must” de temporada. No importa que besen sapos que nunca se convertirán en príncipes, importa que conviertan a hombres en sapos condenados a sufrir las inclemencias de una relación inventada al abrigo de webs de “singles” que fomentan amores de “quitaypon”.
No son buenos tiempos para el amor. Ahora se lleva el “ligar de usas y tirar” disfrazado de compromiso, que dura menos que un chupachup. Puro consumismo: no se aman, se usan. En la España de “sanZPdelasruinas” y feminismo de cuota, se lleva ser “soltera, con hijo y churri”. Si prefieres vivir a tu aire y sin competir con damiselas a ver quien tiene el chico mejor, te tachan de anticuada o de algo peor. Demasiadas son las que se han dado calabazas así mismas en lugar de dárselas al caballero de la armadura oxidada. Por eso hay tanta diadema huyendo de las damiselas y buscando papelera donde refugiarse en espera del beso de amor verdadero que las despierte y convierta en coronas dignas de una mujer cuya alma sea inmune a las consignas progres.
San Valentín está harto de besar sapas que nunca se convertirán en reinas. Al hombre metroemocional también le ocurre lo mismo. Búscalo, existe, pero no es príncipe azul ni destiñe.
Rosetta Forner
sábado, 22 de enero de 2011
Al día después
jueves, 25 de noviembre de 2010
DIMISIONES IRREVOCABLES
Cada día se quitan la vida nueve personas en España. No es que corramos el riesgo de quedarnos sin compatriotas, pero la cifra empieza a alarmar a los psiquiatras. De los que optaron por irse antes de tiempo, casi el 78% eran hombres, pero quizá no debiéramos deducir de ese dato ninguna de las dos cosas más fáciles: que las mujeres son más valientes y soportan mejor la adversidad en un mayor grado y que los hombres somos más sensibles. Aunque ofrezca sus apasionantes variedades, no hay más que un género: el género humano. ¿Por qué muestran más prisa en abandonar su residencia en la tierra los hombres? Se sabe que es la más dolorosa forma de conocimiento, que los sucesos son menos influyentes que la manera en la que los aceptamos. Hay quienes toman la resolución de irse de este planeta que dicen que es azul, porque lo ven todo negro. A otros les mueve el ‘ansia de infinito’ o la desesperación por lo inmediato, pero no hay que descartar la esquizofrenia que nos incluye a los que seguimos queriendo estar vivos.
En época de crisis, la gente quiere vivir más tiempo. Se conoce que experimenta una mayor curiosidad y desea estar viva para cuando cese la penuria para festejarlo. El pesimismo es una pandemia. Las personas bien informadas y las demasiado informadas, aún más, sufrimos una sobreabundancia de desaliento: unas veces es porque nos enteramos de que Corea del Norte tiene una planta con 1.000 centrifugadoras para enriquecer el uranio y otras porque nuestros políticos tienen más de cuatro o cinco mil argumentos para enmascarar la verdad. “Aprecio más a un tipo cualquiera que se suicida, que es un poeta vivo”, dijo Ciorán, que decidió vivir para ser apreciado por la posterioridad. Si yo fuera capaz de aconsejar diría que no hay que impacientarse. La vida es cualquier cosa menos aburrida.
Manuel Alcántara