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sábado, 24 de marzo de 2012

Corazón con viento

Y seguí como siempre, dejando que mis decisiones las tomasen a medias los instintos, la cobardía y el viento.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Se trata de un placer sin alegría. (...) La que se deriva de la tristeza es una felicidad relacionada con la creatividad, es decir, una especie de felicidad aterida de dolor y pletórica de sugerencias, como le ocurriría al náufrago que al haberse caído al mar por la borda del barco descubriese el placer de la natación.


J.L. Alvite

sábado, 28 de enero de 2012

Malas noticias

Somos pobres y estamos rodeados de pesimismo estadístico por todas partes. Los últimos datos arrojan nueva oscuridad sobre el panorama de nuestras expectativas como país. Hay parados e indigentes casi en cualquier familia, en los comedores sociales la gente almuerza de pie para dejar sitio a las nuevas hornadas de hambrientos y seis de cada diez noticias son preocupantes boletines sobre la inseguridad ciudadana en la que vive una población a la que incluso le produce desconfianza que no ocurran cosas peores. Todo el mundo habla de apretarse el cinturón y de darle otra vuelta de tuerca a las privaciones.

Hay corrupción por todas partes y no es seguro que dispongamos de pararrayos bastantes para soportar la tormenta social que se nos avecina. Es como si Cristo se hubiese vuelto budista. En el barrio hay más negocios cerrados que nunca. Muchas familias han corrido a la residencia para recuperar al abuelo con el objeto de salir adelante gracias al humilde monto de su pensión, como cuando en la guerra se pone a flote el acorazado pasado de moda. Nos hemos dado cuenta del inestimable valor de la vejez como factor de redención. Los ancianos no dan mucho calor en casa porque están deshidratados, pero aportan dinero y salen baratos porque comen poco y el menú que consumen está hecho casi siempre a base de cosas que ni siquiera dan olor al vomitarlas.

Ya no somos un país divertido, como se dijo siempre que éramos. Ni divertido, ni ilusionado. Somos en cambio un país inesperadamente sensato, pero con una sensatez amarga y decepcionada que nos viene del escarmiento más que de la reflexión. Cambiaron tanto las cosas desde las últimas risas, maldita sea, que resulta que el avergonzado mendigo de la esquina se parece horrores al tipo que hace un año dirigía la sucursal del banco.

J.L. Alvite

martes, 13 de diciembre de 2011

Pies de cadáver

Como a cualquier persona, me gusta que me ocurran cosas agradables y soy feliz si recibo buenas noticias. También es cierto que ante las cosas buenas soy desconfiado y dudo de que mis mejores noticias no sean el resultado inesperado de algún error. Esa es la razón por la que me cuesta disfrutar de las cosas agradables y permanezco a la espera de que se me frustren.

Muchas veces he precipitado la interrupción de una historia hermosa para que su amargo final no me pillase desprevenido. Durante muchos años la vida me acostumbró a perder y suelo desenvolverme bien en las peores circunstancias. Cada vez que emprendo un viaje en el coche, no me hago ilusiones sobre el destino que me espera y prefiero hacerme a la idea de que me resulte agradable la ciudad a la que llegue sin haberlo pretendido. Compro lotería sin ninguna fe en mi suerte, así que no me preocupa en absoluto olvidar donde diablos puse el décimo. Cuando lo natural habría sido hacer la mili en el Ejército, la casualidad de un sorteo me alistó en la Marina. Aunque el servicio era algunos meses más largo, no me inmuté. Incluso me habría parecido natural que la Armada me destinase a un destacamiento tierra adentro en Zamora.

Esa sensación de dulce extravío me ha acompañado a lo largo de toda mi vida. No estuve jamás en la guerra, pero en el caso de haber sido envidado al frente, estoy seguro de que habría caído prisionero de una avanzadilla de mi propio bando. Aliento desde niño la ilusión de verme arrastrado a una vida trashumante y caótica, dando tumbos por la geografía, de pueblo en pueblo, de familia en familia, y enterarme en el lugar en el que despierto gracias a leer en un bar el periódico local. Porque al final resulta que las pisadas del mejor bailarín acaban dando sin remedio con los pies de su cadáver.

J. L. Alvite

sábado, 30 de abril de 2011

Ojalá

Ojalá que los futuros periodistas se rebelen. Ojalá que a pesar de enfrentarse a un escenario complicado intuyan que hoy el periodismo es más necesario que nunca y sean conscientes de que los medios, engolfados con el politiqueo, están ignorando esas historias anónimas que definirían el extraño momento que estamos atravesando.

Ojalá que no sean cínicos, que ejerzan una crítica implacable contra esos personajillos que desde hace tiempo inundaron las pantallas y no han servido más que para sembrar la creencia de que es legítimo ganar dinero sin hacer el mínimo esfuerzo. Ojalá que no sean mansos y no se dejen arrastrar por esa corriente venenosa que consiste en acudir a las ruedas de prensa para tomar nota sin rechistar.

Ojalá que sean tan honrados como para desconfiar del político que les paga un viaje convirtiéndoles en parte de su corte. Ojalá que entiendan que el mejor periodista, en contra de la práctica tan habitual en España, es el que se mantiene lejos del poder, no el que alardea de estar en la pomada. Ojalá que defiendan la dignidad de su oficio y que aspiren a ser profesionales y no eternos amateurs. Ojalá que tengan el amor propio necesario como para dar más de lo que se les pide, y que no lo hagan por el medio sino por ellos mismos.

Ojalá que entiendan que en esta situación económica que va a cambiar la vida de varias generaciones es necesario darle voz a los olvidados y sólo un buen periodista puede hacerlo. Dada la precariedad del empleo, la docilidad es tentadora, pero ojalá que no sean dóciles, porque al margen de la invasión de los opinadores, que de manera gratuita exaltan (exaltamos) los ánimos de los ciudadanos, nos hace falta información. Ojalá que haya una nueva generación batalladora que demuestre que el periodismo sigue vivo, que a lo mejor los que estamos un poco muertos somos nosotros.

ELVIRA LINDO, El País, 19/Mayo/2010

martes, 19 de abril de 2011

17 Abril 11

A mí lo que dicen la mayoría de los políticos que hablan en serio francamente me trae sin cuidado. Por lo general hay en los avatares de la vida cotidiana inclemencias bastante más interesantes de las que ocuparse. Muchas veces los españoles abominamos de nosotros mismos porque nos consideramos una carga para el país, aunque hay que reconocer que vivimos en un territorio muy afortunado en el que la vida resulta agradable a pesar de lo mucho que interferimos en ella.

Tenemos una productividad muy baja, casi cinco millones de parados, y a pesar de todo, una tasa de humoristas muy por encima de la media europea. También somos lo bastante listos como para seguir adelante a pesar de que cuando una cosa nos sale mal sólo nos esforzamos lo necesario para empeorarla. Ni que decir tiene que en España lo que los ciudadanos esperamos de nuestros gobernantes es que cuando salgan de La Moncloa tengan al menos la decencia de despegar los chicles de las mesas y tirar de la cisterna del retrete.

Lo malo es cuando ventilan nuestras miserias en el extranjero, como acaba de hacer José María Aznar, que dijo cuatro tonterías de las que tal vez no le pasemos factura porque con su mediocre dominio del inglés probablemente le entendieron lo contrario de lo que quiso decir, como le ocurría a Julio Iglesias al principio, cuando al grabar un disco en inglés todo el mundo se daba cuenta de lo mal que cantaba en español por culpa de su dentista.

Es triste que el ex presidente Aznar haya hecho un elogio del miserable Gadafi en un momento en el que incluso vomitarían sus rasgos los gusanos que se comiesen el rostro del criminal dirigente libio. Yo quiero pensar que el señor Aznar no quiso decir lo que dijo, pero, coño, para eso habría sido mejor que intentase decir lo contrario de lo que todo el mundo le entendió. Tampoco dudo de su buena fe para apoyar lejos de nosotros la imagen de una España apetecible para los inversores extranjeros, aunque también sospecho que el señor Aznar sufre de esa soberbia que a los presidentes suele quedarles como subproducto de su paso por Moncloa.

No soy devoto del presidente Zapatero, ni enemigo del ex presidente Aznar, de modo que mi opinión es lo bastante gratuita como para resultar decente. Por eso me atrevo a decir que lo terrible no es que nuestros políticos pierdan la dignidad, sino que no pierdan al mismo tiempo el habla.

J. L. ALVITE

sábado, 9 de abril de 2011

Buganvilla gris

Es algo que me ocurre sobre todo al final del verano, cuando de las playas se marcharon los turistas y vuelven a la arena en taquigrafía las pisadas de las gaviotas. Entonces al caer la tarde orillo la mar con el coche y miro alrededor para ver como en las casitas de las aldeas exhala en el tejado, como un sacramento gris, el humo lento y venial de las cena de los niños.

Aunque en la liturgia de ese espectáculo siempre recuerdo a alguien, no quiero que haya nadie a mi lado en un momento así. Me invade una infinita congoja y la verdad es que no sabría qué decir. Hay pocas emociones que me produzcan un dolor tan amargo y en realidad a la vez tan agradable, una indecisión tan conmovedora como la que me asalta en ese instante sublime la indecisión moral en el que me apetece aguardar sentado al volante, esperando a que se cierre en falleba la noche sobre el borrador tordo de la marea, mientras murmuraba en mis manos el tiento de escribir mis mejores frases alumbrado por la llamas que deletreen el humo, sequen el llanto y calcinen mi cuerpo.

En realidad muchos de los mejores momentos de mi vida tienen que ver con la estoica conmemoración de sus episodios más amargos, tal vez porque hay edificios cuya deficiente belleza se perfecciona con el fuego inteligente que los devora, igual que con la luna rojiza reflejada en el agua el pescador de bajura descubre con estupor entre la fértil calderilla del banco de sardinas, en la fluorescente manzanilla de un palmo de luz, la mirada tenaz de un muerto.

No sabría muy bien explicar porqué hago eso al vencerme la congoja y caer la tarde. Lo que sé es que algo me arrastra con frecuencia a orillar al atardecer el coche hasta que la marea lame como un congrio las ruedas. Entonces, arrío la ventanilla, prendo un cigarrillo y espero a que surja sobre los tejados, como una buganvilla gris – leve como aliento, reacio como lana fosca –, el humo de la cena de los niños.

Después la noche se cierra sobre el croquis confuso del paisaje y en medio de la inenarrable felicidad de tanta tristeza maniobro frente al mar, prendo los faros del coche contra las olas y presiento que en el postal el ir y venir de su rutina, la marea dejará frente a mis ojos en un poleo de espuma, la mirada expósita de mi cadáver.

J. L. ALVITE

jueves, 31 de marzo de 2011

Con la oreja en el oído

Durante el almuerzo de Dubrovnik me di cuenta de que el tipo del restaurante se esforzaba por comunicarse conmigo en un castellano portuario adquirido por contagio gracias al contacto diario con el creciente turismo español y tuve en ese momento la horrible sensación de que si él a mí no me entendía bien no era porque yo no hablase su idioma, sino por lo mal que me expresaba en el mío al intentar poner mi vocabulario al alcance de sus conocimientos. Pensé entonces que los españoles hemos sido siempre un pueblo ansioso de salir al extranjero y de relacionarnos con otros pueblos, pero a menudo reacios a la aceptación de sus costumbres y sin duda resistentes al aprendizaje de sus idiomas.

Hablamos mucho, gritamos demasiado y nos cuesta escuchar, como si tuviésemos orejas dentro de los oídos. Millares de compatriotas que vivieron durante años en Alemania regresaron luego sin haber aprendido bien el alemán y, lo que es peor, habiendo echado a perder una parte de sus conocimientos del castellano.

Un tipo que trabajó durante muchas campañas en la flota bacaladera me contó que de los días de arribada en puertos de Canadá lo único que muchos de sus compañeros había aprendido de memoria era el precio en dólares de las busconas y los nombres de las enfermedades que podrían contraer. Fue él quien me aseguró que los españoles sólo mostraríamos verdadero interés por aprender lenguas nuevas si los idiomas diesen que desconfiar, estuviesen castigados o fuesen vicios.

Es una suerte que contemos ahora con una hornada de jóvenes con interés por salir al extranjero y ansiosos de aprender los idiomas de otros pueblos. Es alentador que esos muchachos inviertan la endémica pereza idiomática de sus compatriotas en un momento en el que otros muchos jóvenes han sustituido la lengua materna por una jerga sintética en la que en una frase de seis palabras, cuatro podrían acabar mezcladas con las flemas catarrales de cualquier escupidera.

Desde luego, a mí me habría gustado comprender en su idioma al tipo de Dubrovnik y compensarle un poco de su amabilidad con los forasteros y de sus esfuerzo por hacerse entender en su propio país. Resulta muy incómodo que el camarero que te atiende tenga que adivinar tus necesidades fecales por la congestión de tu rostro.

Menos mal que de mi indigencia idiomatica me consuelo cada vez que escucho a Julio Iglesias cantando con Willie Nelson y por conveniencia pienso que, según se mire, el inglés sólo es una manera como otra cualquiera de pronunciar mal el castellano.

J. L. ALVITE

sábado, 26 de marzo de 2011

Almas del nueve largo

Yo tuve diez años en un momento de mi vida en el que todos los niños de mi edad eran mayores que yo. Bueno, a lo mejor eso me ocurría porque estaba distraído mirando cómo se estrenaba a mí alrededor la vida y me fijaba poco en ellos. La verdad es que a los diez años a mí me parecía que el mar aún extrañaba la orilla y que, para no perderse de su aroma, la brisa del salitre y el aliento de las flores recorrían al tacto la costa neófita y garrapiñada.

Una mañana me adentré en la bajamar de Camabados y me metí hasta la cintura en la paz obstétrica y epidural del agua, caminando sobre un silbante morse de almejas y berberechos, sintiendo en las piernas la suave acupuntura de los camarones, sobrevolado por un párrafo de cormoranes altos, como el bracero infantil y descansado de una azulada plantación de silencio, agua y espuma. Mientras el agua pagana y ladrada me santiguaba las ingles, vi pasar a lo lejos una pañolada de veleros orzando en cursiva para recoger un sorbo de viento en la hernia de sus aparejos. Todo entonces era nuevo para mí y estaba seguro de que a cada rato se abrirían flores en las que jamás antes hubiese estado su aroma y ocurrirían frente a mis ojos cosas fantásticas e inimaginables de las que nadie sabría aún el nombre.

Yo solo tenía diez años, sólo eso, como tú, amiga mía, y ¿sabes?, entonces me parecía que nada malo podría ocurrirme y que, con el espectáculo de la vida debutando sin ensayos para mí, los trenes se deslizarían sin fatiga sobre la vainica de las vías, como las yemas de los dedos en la bandurria de Santi el relojero; el hambre volvería pan la saliva en rama de los mendigos y sólo la muerte tendría los días contados.

Todo era entonces tan hermoso, chiquilla, y tan nuevo, que aún la mitad del humo desconocía cuál era exactamente su llama y ni siquiera a los difuntos le habían caído cosas en el olvido. Y te prometo que todo era entonces tan suave, tan fértil, niña, y era todo en aquellos días tan acogedor y entrañable, que podría, si quisiera, recorrer el fondo del mar pisando a oscuras con una campanilla de cera en una mano y una vela ardiendo con sus llamas de miel en la otra mano. Yo tenía sólo diez años. Y todo eso sucedió en un momento de mi vida en el que lo malo que pudiese ocurrirme no sería en absoluto peor que encontrarme en la boca el sinsabor de ese puntito cítrico que de paso, que te apaga la sed, te cierra los ojos.

J.L ALVITE

sábado, 19 de febrero de 2011

San Valentín tiene resaca

En esta sociedad materialista nada se escapa al control del marketing al servicio del poder. Pretenden tener a las mujeres sometidas y mareadas de mil y una maneras (a los hombres, también). La propaganda, disfrazada de celestina progre y feminista, las anima a buscar churri como quien busca el bolso “must” de temporada. No importa que besen sapos que nunca se convertirán en príncipes, importa que conviertan a hombres en sapos condenados a sufrir las inclemencias de una relación inventada al abrigo de webs de “singles” que fomentan amores de “quitaypon”.

No son buenos tiempos para el amor. Ahora se lleva el “ligar de usas y tirar” disfrazado de compromiso, que dura menos que un chupachup. Puro consumismo: no se aman, se usan. En la España de “sanZPdelasruinas” y feminismo de cuota, se lleva ser “soltera, con hijo y churri”. Si prefieres vivir a tu aire y sin competir con damiselas a ver quien tiene el chico mejor, te tachan de anticuada o de algo peor. Demasiadas son las que se han dado calabazas así mismas en lugar de dárselas al caballero de la armadura oxidada. Por eso hay tanta diadema huyendo de las damiselas y buscando papelera donde refugiarse en espera del beso de amor verdadero que las despierte y convierta en coronas dignas de una mujer cuya alma sea inmune a las consignas progres.

San Valentín está harto de besar sapas que nunca se convertirán en reinas. Al hombre metroemocional también le ocurre lo mismo. Búscalo, existe, pero no es príncipe azul ni destiñe.

Rosetta Forner

sábado, 22 de enero de 2011

Al día después

Primero fue Delibes. La tierra –su tierra– tembló de pena. La literatura se resintió. Se nos fue el hombre digno, el escritor comprometido, el periodista que escribía y cazaba. Entonces, la élite intelectual recordó su estilo, su lenguaje, su paisaje rural, su defensa de Castilla oculta y olvidada. Y es que don Miguel no se achicó ante el poder, ni se dejó llevar por luces de palacio ni palmadas de político. Al día después, el mensaje se fue desvaneciendo, pero no la obra, que se agigantó. Pocos son los que pasean por Cortiguera, nulos los responsables públicos que suman en su agenda releer al Delibes rural y, menos los escritores que van por ahí buscando viejas palabras, paisanos y malvises.

Luego fue Saramago. Entonces, hasta el mismísimo cielo se encapotó. El portugués universal, el escritor que habló ‘de tú’ a Dios, el que nunca se cortó a la hora de denunciar, nos agrandó la herida de la pena. Otra vez, como pasa siempre el día después, la literatura cotizó en bolsa. Don José quebró de nuevo la ‘pax’ literaria y desencadenó otra furia informativa sobre su obra. Fue valiente, todos insistieron en sus valores, en su defensa de la justicia… fue hombre entero, como su adorado Pessoa. No andaba desorientado cuando trazó una línea en el mapa con la vara del avellano y puso a Iberia a navegar en su balsa de piedra. Pero también la tempestad de elogios amainó el día después ¿Quién sigue sus denuncias implacables?

Hace ya unos meses Labordeta dejó olvidada su mochila en el camino. Otra vez, la pena. A Labordeta le lloramos cantando. José Antonio escribió, rimó, impartió clase y formó parte de la orquesta que musicó la lucha por la democracia en España. Se nos fue “con la dulce nostalgia de los días huidos”, pero dejó un brillante anecdotario salpicado de ingenio. El maño se metió en los hogares gracias a la televisión. Sembró un modelo de programa que pocos se atreven a reeditar porque no es fácil –es imposible– entrar en las casas del común cantando, con una mochila, acompañado de un pastor y un botijo de agua limpia. Y este profesor de Geografía, entre otras materias, lo hizo con sencillez y fuerza. Su compromiso le llevó a ocupar un escaño y a participar en la política activa. Fue ahí donde salió el senderista que cuestiona la geografía social. Levantó la vista y alzó la voz, con algún que otro taco bien traído. El problema es que, al día después de abandonarnos, se nos olvida su verdadero mensaje, el de sus conductas, llenas de dignidad y valentía. Toca leer menos y hacer más lo que ellos predicaron.


Javier Pérez Andrés

jueves, 25 de noviembre de 2010

DIMISIONES IRREVOCABLES

Cada día se quitan la vida nueve personas en España. No es que corramos el riesgo de quedarnos sin compatriotas, pero la cifra empieza a alarmar a los psiquiatras. De los que optaron por irse antes de tiempo, casi el 78% eran hombres, pero quizá no debiéramos deducir de ese dato ninguna de las dos cosas más fáciles: que las mujeres son más valientes y soportan mejor la adversidad en un mayor grado y que los hombres somos más sensibles. Aunque ofrezca sus apasionantes variedades, no hay más que un género: el género humano. ¿Por qué muestran más prisa en abandonar su residencia en la tierra los hombres? Se sabe que es la más dolorosa forma de conocimiento, que los sucesos son menos influyentes que la manera en la que los aceptamos. Hay quienes toman la resolución de irse de este planeta que dicen que es azul, porque lo ven todo negro. A otros les mueve el ‘ansia de infinito’ o la desesperación por lo inmediato, pero no hay que descartar la esquizofrenia que nos incluye a los que seguimos queriendo estar vivos.

En época de crisis, la gente quiere vivir más tiempo. Se conoce que experimenta una mayor curiosidad y desea estar viva para cuando cese la penuria para festejarlo. El pesimismo es una pandemia. Las personas bien informadas y las demasiado informadas, aún más, sufrimos una sobreabundancia de desaliento: unas veces es porque nos enteramos de que Corea del Norte tiene una planta con 1.000 centrifugadoras para enriquecer el uranio y otras porque nuestros políticos tienen más de cuatro o cinco mil argumentos para enmascarar la verdad. “Aprecio más a un tipo cualquiera que se suicida, que es un poeta vivo”, dijo Ciorán, que decidió vivir para ser apreciado por la posterioridad. Si yo fuera capaz de aconsejar diría que no hay que impacientarse. La vida es cualquier cosa menos aburrida.

Manuel Alcántara