miércoles, 24 de agosto de 2011
El laberinto de la felicidad
sábado, 16 de julio de 2011
¿Quién dijo miedo?
A menudo confundimos el miedo con la emoción. Nos dan miedo las cosas que nos emocionan, y sino preguntádselo a mi padre y os volverá a contar la vieja historia de Juan sin miedo.
¿Quién no tuvo miedo un día a la oscuridad, y hoy, sin embargo, disfruta al ver los rayos traviesos de luna colándose entre la persiana entreabierta? ¿Quién pensando en el miedo no fue capaz de hablarle la primera vez, y hoy disfruta de su compañía?
Quién no tuvo miedo al primer día de colegio, o más reciénte aún, quién no tuvo miedo al primer día en la universidad... ¿No fue acaso la invasión de la emoción la que nos hizo creer que estábamos asustados?
Llamadme ilusa al creer que para mi, Juan sin miedo, es todavía uno de los 'héroes' de los que deberíamos aprender.
viernes, 24 de junio de 2011
Una canción triste para los momentos bajos
jueves, 23 de junio de 2011
sábado, 26 de marzo de 2011
Almas del nueve largo
Yo tuve diez años en un momento de mi vida en el que todos los niños de mi edad eran mayores que yo. Bueno, a lo mejor eso me ocurría porque estaba distraído mirando cómo se estrenaba a mí alrededor la vida y me fijaba poco en ellos. La verdad es que a los diez años a mí me parecía que el mar aún extrañaba la orilla y que, para no perderse de su aroma, la brisa del salitre y el aliento de las flores recorrían al tacto la costa neófita y garrapiñada.
Una mañana me adentré en la bajamar de Camabados y me metí hasta la cintura en la paz obstétrica y epidural del agua, caminando sobre un silbante morse de almejas y berberechos, sintiendo en las piernas la suave acupuntura de los camarones, sobrevolado por un párrafo de cormoranes altos, como el bracero infantil y descansado de una azulada plantación de silencio, agua y espuma. Mientras el agua pagana y ladrada me santiguaba las ingles, vi pasar a lo lejos una pañolada de veleros orzando en cursiva para recoger un sorbo de viento en la hernia de sus aparejos. Todo entonces era nuevo para mí y estaba seguro de que a cada rato se abrirían flores en las que jamás antes hubiese estado su aroma y ocurrirían frente a mis ojos cosas fantásticas e inimaginables de las que nadie sabría aún el nombre.
Yo solo tenía diez años, sólo eso, como tú, amiga mía, y ¿sabes?, entonces me parecía que nada malo podría ocurrirme y que, con el espectáculo de la vida debutando sin ensayos para mí, los trenes se deslizarían sin fatiga sobre la vainica de las vías, como las yemas de los dedos en la bandurria de Santi el relojero; el hambre volvería pan la saliva en rama de los mendigos y sólo la muerte tendría los días contados.
Todo era entonces tan hermoso, chiquilla, y tan nuevo, que aún la mitad del humo desconocía cuál era exactamente su llama y ni siquiera a los difuntos le habían caído cosas en el olvido. Y te prometo que todo era entonces tan suave, tan fértil, niña, y era todo en aquellos días tan acogedor y entrañable, que podría, si quisiera, recorrer el fondo del mar pisando a oscuras con una campanilla de cera en una mano y una vela ardiendo con sus llamas de miel en la otra mano. Yo tenía sólo diez años. Y todo eso sucedió en un momento de mi vida en el que lo malo que pudiese ocurrirme no sería en absoluto peor que encontrarme en la boca el sinsabor de ese puntito cítrico que de paso, que te apaga la sed, te cierra los ojos.
J.L ALVITE
domingo, 13 de febrero de 2011
14 de febrero
sábado, 12 de febrero de 2011
¡SAPERE AUDE!
La ética es la reflexión o la argumentación de lo correcto o lo incorrecto. ¡Atrévete a reflexionar!, a pensar, a saber si es correcto o incorrecto. “¡SAPERE AUDE!” (¡Atrévete a saber!)
I. Kant es el que en el siglo XVII dijo aquello de ¡Sapere Aude! Participó en un programa que decía ¿Qué es la Ilustración? Su respuesta a aquello que era la Ilustración consistió en decir a la gente ¡Atrévete a saber!
La humanidad ha vivido dejando que otros formaran las decisiones por ellos. La humanidad ahora tiene la mayoría de edad y les toca a ellos pensar, y ésta es la clave de la ética, el atreverse a pensar. En realidad Kant no fue el primero que pensó en reflexionar sobre la ética. Fue Sócrates en el siglo V A.C. quien lo hizo.
Todos los pueblos de la humanidad siempre se han preguntado cómo funciona el mundo, hay gente que se ha preguntado “¿y esto por qué pasa?” Normalmente han respondido a estas preguntas, por mitos, por historias. Por ejemplo la explicación que daban los griegos de por qué existía el otoño y la primavera fue la siguiente, Hadex se enamoró de Perséfone y se la llevó al infierno y la tierra donde se encontraba Perséfone se quedó sola, con frío, con lluvia…, Hadex al ver que aquello había cambiado, que ya no era todo felicidad, florecillas y calorcito, hizo un trato con Perséfone, Perséfone iría 6 meses al infierno, por lo tanto en la tierra se daría el Otoño, y los otros 6 meses Hadex iría al infierno, por lo que se daría la Primavera.
Los griegos son también los primeros en el siglo VII en decir que no les cuenten mitos, ellos querían razones, una explicación de las cosas, ahí empezó más o menos la ciencia, no tal y como la conocemos hoy, pero sí ciencia de alguna medida.
La novedad de Sócrates es que dice que por qué no se hace esto con las cuestiones éticas, “no me cuentes mitos, dime por qué es malo robar con argumentos”. Se dedicaba a ir por el ágora preguntando a la gente si determinada cosa le parecía buena o mala. Lo revolucionario en él, no eran las respuestas, sino que se cuestionaba las preguntas.
lunes, 7 de febrero de 2011
Woody Allen, Delitos y faltas
Todos nos enfrentamos en la vida a decisiones angustiosas, elecciones morales, algunas son a gran escala, la mayoría de dichas elecciones son sobre asuntos banales, pero nos definimos a nosotros mismos según las decisiones que hemos tomado, en realidad somos la suma total de nuestras decisiones, las cosas suceden tan imprevisiblemente, tan injustamente. La felicidad humana no parece haber sido incluida en el proyecto de la creación, somos sólo nosotros, con nuestra capacidad para amar lo que damos sentido al universo indiferente, y sin embargo, la mayoría de los seres humanos parecen tener la habilidad de seguir intentándolo e incluso de encontrar la felicidad en las cosas sencillas como su familia, su trabajo, y la esperanza de que las futuras generaciones puedan comprenderlo mejor.
domingo, 16 de enero de 2011
Aunque no lo parezca, creo en los milagros
Creo en los milagros. Las desapariciones existen, pero sólo si tú quieres que así sea. Esos son los verdaderos milagros, los que uno cree. Un día más me he levantado con esa extraña sensación que lleva ocupando mi cuerpo estas tres últimas semanas, falta de confianza en mí. En esta ocasión, como en todas aquellas que se llevan repitiendo desde tiempos mozos, no hay milagros a los que poderme agarrar. Supongo que una de las razones de todo esto, sea yo. En estas ocasiones que tan a menudo se repiten en mi vida, prefiero mantener alejada la confianza, pues ese nerviosismo que se experimenta minutos antes del examen, horas antes o incluso días antes, me dice algo, por lo menos eso es lo que me gusta oír entre todo ese revuelo de mariposas en el estómago: te lo sabes.
Me gusta pensar que aquel que rara vez tiene ese revoloteo dentro de sí, no se lo sabe. Como en todas las teorías, siempre cojea algún lado, y ésta, como una más, también lo hace. Probablemente, esta persona a la prejuzgo de no sabérselo tenga otro temperamento que le permita luchar como auténtico gladiador contra sus peores temores, pero me resulta más satisfactorio pensar que el nerviosismo es la confirmación de la victoria.
Tengo miedo, mucho miedo. Respiro hondo. Cuento los minutos. Miro dubitativamente el montón de folios que se encuentra sobre la mesa. Me viene una pregunta a la mente ¿ganaré?
martes, 11 de enero de 2011
¡Juega! y ¡Lucha!
jueves, 25 de noviembre de 2010
DIMISIONES IRREVOCABLES
Cada día se quitan la vida nueve personas en España. No es que corramos el riesgo de quedarnos sin compatriotas, pero la cifra empieza a alarmar a los psiquiatras. De los que optaron por irse antes de tiempo, casi el 78% eran hombres, pero quizá no debiéramos deducir de ese dato ninguna de las dos cosas más fáciles: que las mujeres son más valientes y soportan mejor la adversidad en un mayor grado y que los hombres somos más sensibles. Aunque ofrezca sus apasionantes variedades, no hay más que un género: el género humano. ¿Por qué muestran más prisa en abandonar su residencia en la tierra los hombres? Se sabe que es la más dolorosa forma de conocimiento, que los sucesos son menos influyentes que la manera en la que los aceptamos. Hay quienes toman la resolución de irse de este planeta que dicen que es azul, porque lo ven todo negro. A otros les mueve el ‘ansia de infinito’ o la desesperación por lo inmediato, pero no hay que descartar la esquizofrenia que nos incluye a los que seguimos queriendo estar vivos.
En época de crisis, la gente quiere vivir más tiempo. Se conoce que experimenta una mayor curiosidad y desea estar viva para cuando cese la penuria para festejarlo. El pesimismo es una pandemia. Las personas bien informadas y las demasiado informadas, aún más, sufrimos una sobreabundancia de desaliento: unas veces es porque nos enteramos de que Corea del Norte tiene una planta con 1.000 centrifugadoras para enriquecer el uranio y otras porque nuestros políticos tienen más de cuatro o cinco mil argumentos para enmascarar la verdad. “Aprecio más a un tipo cualquiera que se suicida, que es un poeta vivo”, dijo Ciorán, que decidió vivir para ser apreciado por la posterioridad. Si yo fuera capaz de aconsejar diría que no hay que impacientarse. La vida es cualquier cosa menos aburrida.
Manuel Alcántara
martes, 24 de agosto de 2010
El mar contra la roca

Te lo diré más alto: “ATARAXÍA”; Te lo diré más despacio: “a-ta-ra-xí-a”.
Ataraxia se traduce al castellano por “imperturbabilidad”, sé que esta palabra te dice poco. Podemos utilizar otras más sencillas. Por ejemplo, “serenidad de espíritu”. O por simplificarlo aún más: tranquilidad. Lo que sobre todo apreciaban los estoicos, era el sosiego, la paz del alma. Esto es lo que buscaban como ideal de vida feliz.
Ante todo, mucha calma. Te pase lo que te pase. Un fracaso en el amor, la traición de un amigo, una enfermedad dolorosa e incurable… Pase lo que pase… mucha calma.
Para el estoicismo, no se trata de fingir, no es que por dentro estés muy nervioso aunque por fuera disimules. Consiste en que tampoco te alteres por dentro. ¿Por qué? Porque has de comprender que todo da lo mismo. Lo que tenga que ser, será. Los estoicos creían en el destino. Ellos pensaban que existe una ley del universo que domina todo, un “logos universal”. La naturaleza está gobernada por un designio cósmico a la que tampoco se escapa el ser humano. Ser feliz consiste en comprender ese orden cósmico de la naturaleza y aceptarlo tal y como es.
sábado, 19 de junio de 2010
Reflexiones aisladas de la aceleración mundial
¿Por qué el proceso de aceleración? ¿Por qué la sociedad se empeña en hacerlo todo más rápido? Una pregunta que nos deberíamos hacer es, ¿Por qué nos aceleramos? La respuesta parece ser fácil, si alguien nos llegara a preguntar eso, inmediatamente diríamos que es porque no hay otra alternativa.
Con mucha más frecuencia decidimos elegir adaptarnos, porque el hecho de no adaptarnos nos mantendría excluidos. Quien entra en el juego de la aceleración no está excluido, por el contrario, quien no entra en este juego, está excluido.
Precisamente, como he señalado, la exclusión es uno de los factores que nos hacen ir más rápido. La idea que tiene el imaginario colectivo es que aquella persona que se toma su tiempo en pensar cómo llevará a cabo su labor, aquella persona que es lenta en sus acciones, es poco eficiente. A menudo la palabra “lento” no es una palabra bonita, torpe, falto de interés, gandul, perezoso podrían definirla bastante bien. A nadie le gusta que le digan que es un gandul, que es lento, y menos aún en un tiempo donde prima la rapidez, una vida acelerada tiene un gran valor, parece que hecho de estar muy ocupado tiene valor en sí mismo, cuando alguien manifiesta estarlo, cuando manifiesta no tener tiempo para nada, quiere decir que es un hombre importante, interesante y enérgico.
Podríamos decir, a raíz de todo esto que acabo de señalar, que la aceleración se convierte en una ideología de poder. Prima lo rápido, prima menos el pensar cómo hacerlo y más el decidirlo inmediatamente.
Otro factor que nos hace ir más acelerados es el miedo a la muerte. ¿Nos estamos acelerando por el miedo a morir? Sí.
Hoy la carencia de tiempo es algo muy habitual, y gran parte de la culpa la tiene nuestra propia mortalidad. Aceleramos las actividades que tenemos que hacer por miedo a morir. A menudo tenemos la sensación de la brevedad del tiempo y hacemos todo lo posible para lograr que cada momento cuente, y es así como empezamos a acelerar nuestro tiempo. La aceleración es una especie de respuesta de huida. Es una especie de virus demoniaco.
Utilizamos la aceleración como una forma de exorcizar el miedo a morir. Queremos condensar en el menor tiempo posible, en el menor espacio, el mayor número de cosas. Hacemos de nuestras vacaciones de cuatro días, una agotadora escapada, vamos de un lado para otro intentando ver el mayor número de cosas posibles, esto es uno de las muchos ejemplos que nos ilustran esta vía de escape, de cómo nos vemos obligados a utilizar la aceleración como una manera de alejar el miedo a morir.
El resultado de esta aceleración culmina en la sensación de que nunca hay tiempo suficiente.
Es tiempo de poner en tela de juicio nuestra obsesión por hacerlo todo más rápido.
miércoles, 17 de febrero de 2010
Bonitos recuerdos
viernes, 5 de febrero de 2010
Deja que la vida fluya

Sin embargo, deberíamos preguntarnos si de verdad conocemos la relevancia de los datos que manejamos, dado que nuestros planes son alterados constantemente por acontecimientos imprevistos y, además, porque nunca podemos estar seguros de que la información disponible sea suficiente, ni de que la investigación que estamos realizando sea la correcta. Y al final, después de haber cumplido con todas las formalidades para reunir la información de una manera racional, terminamos actuando con la improvisación del momento, porque nos da una “corazonada” o porque estamos hartos de pensar.
