domingo, 2 de junio de 2013

Y era eso precisamente lo que yo quería. Si creyese que iba a vencer, la victoria también creería en mi. Ninguna vida está completa sin un toque de locura. O, usando las palabras de J.: necesitaba reconquistar mi reino. Si era capaz de entender lo que pasaba en el mundo, sería capaz de entender lo que me pasaba a mí.

Paulo Coelho, Aleph

miércoles, 8 de mayo de 2013

Y crecer y crecer...

Creces y no te das cuenta. Lo haces un poco más y el mundo tal como lo contemplaste desde aquellos ojos incrédulos de quien miraba con asombro el izar de un globo al cielo, se enjuagan hoy de tímidos y sonoros lagrimones. Es el paso de la niñez a la vida adulta. Del desconocimiento al aturdimiento de cuantas cosas hoy se suceden ante los ojos de quien, en la etapa primera, ignoró tantas cosas. Y te das de cabezados. Y te caes. Y la lágrima que te cae por la mejilla te sabe hoy a un desconsuelo tan crispante que piensas haber perdido todas las batallas. Y en ese estadio te encuentras a punto de cumplir los veintidós. Creyendo perder batallas ganadas, ganando batallas que creías perdidas.

"Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. (...) Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta." (Murakami: 2006)

martes, 16 de abril de 2013

Un instante

Sin cesar me he estado buscando en estos cuatro años en cada libro que leí, en cada canción. En los estudios, en mi familia y mi gente, en mi entorno, en mí como cofrade que busca, con ferviente emoción, el pasar del chaparrón. Lo he buscado para ordenar la vida, caótica ya por definición, y para vacilar si me deja con ella, sobre todo lo demás. Dar sentido a la vida, eso que muchos buscan a través del camino de la religión, proporciona el marco que se necesita para proteger a la masa de la humanidad de la desesperación. Suerte de buscadores aquellos que ya han encontrado quiénes son y qué es lo que quieren. Consuelo mío, al menos, al saber que de las dos mitades que hacen falta para completar el todo, ya tengo una. No sé todavía muy bien quién soy, pero sí sé lo que quiero. A qué me quiero dedicar, aunque ello me quite el sueño. 

A todos los que creyeron en mi.

domingo, 14 de abril de 2013

- ¡No le coja, señor Roncone!
- ¿Por qué? ¡la vejez no se contagia!
- ¡Señor, qué cosas dice usted! Es que a los niños no hay que cogerles en brazos. Se acostumbran, ¿sabe? Lo dice el libro.
- ¿Y a qué han de acostumbrarse? ¿A que nadie les toque?... ¡Libros! ¡Hasta los cabritillos, que van solos a la teta apenas nacen, les lame la madre todo el día, y son animales! El niño se acurruca en esos brazos y, riendo, procurar asir los crespos cabellos grises. El viejo estrecha esa vida palpitante toda latido a flor de piel. (...) El niño siempre anda buscando. Entonces, si no se siente buscado pensará que el mundo le falla y le rechaza. Por eso el viejo le abraza tiernamente, le besa, le huele con tanta avidez animal como olfatea el propio niño, identificándose así con él. "¡Mira que necesitar libros para criarle!... ¡Así no se enseña a vivir, sino con las manos y con los besos, con la carne y los gritos...! ¡Y tocando, tocando!..."
José luis Sampedro, La sonrisa etrusca.

sábado, 13 de abril de 2013

La sonrisa etrusca

El hijo detalla el perfil de su padre. Aguileño todavía, pero ya la nuez se afila, guijarro atragantado, y los ojos se hunden. ¿Cuánto tiempo aún podrá contemplar ese rostro invulnerable que siempre le inspiró seguridad? La vida les ha distanciado, llevándoles a mundos diferentes y, sin embargo, ¡cómo echará de menos la sombra protectora del viejo roble! Puñalada de angustia: si hablara se le notaría la congoja. Al viejo no le gustaría. 

José Luis Sampedro, La sonrisa etrusca

viernes, 12 de abril de 2013

Preciosa entrevista a José Luis Sampedro

miércoles, 10 de abril de 2013

Por una insurrección pacífica

Hay que comprender que la violencia da la espalda a la esperanza. Hay que dotar a la esperanza de confianza, la confianza en la no violencia. Es el camino que debemos aprender a seguir. Tanto del lado de los opresores como de los oprimidos, hay que llegar a una negociación que haga desaparecer la opresión; es lo que permitirá que no haya violencia terrorista. Es por esta razón por la que no deberíamos acumular mucho odio.

Stéphane Hessel, ¡Indignaos!

Mi indignación a propósito de Palestina

No deberíamos exasperarnos, deberíamos esperanzarnos. La exasperación es una negación de la esperanza. Es algo comprensible, casi diría que natural, pero precisamente por eso no es aceptable. Porque no permite obtener resultados que pueden eventualmente producir la esperanza.
Stéphane Hessel, ¡Indignaos!

El motivo de la resistencia es la indignación

Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación. Es un valor precioso. Cuando algo te indigna como a mi me indignó el nazismo, te conviertes en alguien militante, fuerte y comprometido. Pasas a formar parte de esa corriente de la historia, y la gran corriente debe seguir gracias a cada uno. Esa corriente tiende hacia mayor justicia, mayor libertad, pero no hacia esa libertad incontrolada del zorro en el gallinero. Esos derechos, cuyo programa recoge la Declaración Universal de 1948, son universales. Si os encontráis con alguien que no se beneficia de ellos, compadecedlo y ayudadlo a conquistarlos. 
Stéphane Hessel, ¡Indignaos!

sábado, 6 de abril de 2013

Explicar un continente: la historia de su desarrollo

Describir el mundo sólo era posible cuando la gente vivía en un planeta tan pequeño como el de los tiempos de Marco Polo. Hoy el mundo es inmenso e infinito, se ensancha día a día, y, en verdad, antes pasará un camello por el ojo de una aguja que podamos nosotros conocer, sentir y comprender todo aquello que configura nuestra existencia, la existencia de varios miles de millones de personas.

Ryszard Kapuscinski, Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo.

Para comprender las fotografías y la literatura, es necesaria una participación activa. No se pueden comprender las fotografías si uno no se pone como creador activo. Cada fotografía y cada relato necesita de dos componentes: el que ha realizado la fotografía, ha pintado un cuadro, ha escrito un relato y, al mismo tiempo, el que observa o lee activamente. Sin este último, el arte no puede existir, por cuanto el arte es un proceso bilateral. A veces se habla de la crisis de la literatura, y ésta está determinada no por la crisis de los escritores, sino por la crisis de los lectores. Si el lector no se pone al nivel de la gran literatura, la gran literatura no puede existir. 

Ryzard Kapuscinski, Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo. 

El relato de un diente de ajo

Por primera vez en la historia de la humanidad, en la segunda mitad del siglo XX hemos empezado a vivir no una, sino dos historias. Durante cinco mil o siete mil años de historia escrita, hemos vivido una sola historia, la que hemos creado y en la que hemos participado. Pero desde el desarrollo de los medios de comunicación en la segunda mitad del siglo XX, estamos viviendo dos historias distintas: la de verdad y la creada por los medios. La paradoja, el drama y el peligro están en el hecho de que conocemos cada vez más las historia creada por los medios de comunicación y no la de verdad. 

Ryzard Kapuscinski, Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo.

jueves, 21 de marzo de 2013

El oficio de contar lo que pasa

Uno asiste a actos y conferencias, lee libros, va al teatro y al cine, y de eso modo va incorporando elementos al propio entendimiento de la realidad. Quien es capaz de adiestrarse para la comprensión del mundo en el que vive, puede tratar de participar en él con mayor clarividencia y puntería. El periodismo nunca podrá aportar más que una parte de la dosis necesaria para entender el mundo, y al ser sólo una parte, conlleva el riesgo de ser la parte equivocada.

Iñaki Gabilondo, El fin de una época. Sobre el oficio de contar las cosas. 

sábado, 16 de marzo de 2013

Elogio de los raros

Con el tiempo he descubierto que la normalidad no existe; que no viene de la palabra normal, como sinónimo de lo más común, lo más abundante, lo más habitual, sino de norma, de regulación y de mandato. La normalidad es un marco convencional que homogeneiza a los humanos, como ovejas encerradas en un aprisco; pero, si miras desde lo suficientemente cerca, todos somos distintos. ¿Quién no se ha sentido monstruo alguna vez? Y además: ser diferente puede tener ciertas ventajas.

Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte

jueves, 14 de marzo de 2013

El fuego doméstico del sudor y la fiebre

La infancia es un lugar al que no se puede regresar (y por lo general tampoco quieres hacerlo: yo desde luego jamás volvería) pero del que en realidad nunca se sale. “El niño es el padre del hombre”, decía Wordsworth en un célebre verso, y tenía razón: la infancia nos forja y lo que somos hoy hunde sus raíces en el pasado. Dicen que la Humanidad se puede dividir entre aquellos cuya infancia fue un infierno, en cuyo caso siempre vivirán perseguidos por ese fantasma, y aquellos que disfrutaron de una niñez maravillosa, que lo tienen aún mucho peor porque perdieron para siempre el paraíso. Bromas aparte (¿o quizá no sea una broma?), la infancia es una etapa morrocotuda. Toda esa fragilidad, esa indefensión, esa intensidad en las emociones; además de la imaginación febril, el tiempo eterno y una necesidad de cariño tan desesperada como la que siente el náufrago que agoniza de sed por un vaso de agua. En la infancia siempre estamos a punto de morir, metafóricamente hablando. O, al menos, de que mueran o resulten mutiladas algunas de nuestras ramas. Crecemos como bonsáis, torturados y podados y empequeñecidos por las circunstancias, las convenciones, los perjuicios culturales, los imperativos sociales, los traumas infantiles y las expectativas familiares.

Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte

martes, 5 de marzo de 2013

Kafka en la orilla

- Juguemos a lo de siempre – propone. 

- De acuerdo – digo. Yo también cierro los ojos y, en silencio, respiro hondo.

- ¿Listo? Imagínate una tempestad de arena terrible, terrible de verdad – dice –. Y olvida cualquier otra cosa. 

Tal como me ha dicho, imagino una tempestad de arena terrible, terrible de verdad. Y olvido cualquier otra cosa. Incluso quién soy. Me quedo en blanco. Las cosas van aflorando enseguida. Y él y yo las compartimos en el viejo sofá de cuero del estudio de mi padre, como siempre. 

- A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar – me comenta el joven llamado Cuervo. 

A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como esa. 

Me imagino una tormenta como ésa. Un blanco remolino que apunta al cielo, irguiéndose vertical como una gruesa maroma. Mantengo los ojos y las orejas fuertemente tapados con ambas manos. Para que la fina arena no se me meta en el cuerpo. La tormenta se acerca deprisa. Desde lejos puedo sentir la fuerza del viento en la piel. Va a engullirme de un momento a otro. 

El chico llamado Cuervo posa con suavidad una mano sobre mi hombro. La tormenta de arena se desvanece. Pero yo continúo aún con los ojos cerrados. 

- Tú, ahora, tendrás que ser el chico de quince años más fuerte del mundo. Sólo así lograrás sobrevivir. Y, para ello, deberás comprender por ti mismo lo que significa ser fuerte de verdad. ¿Entiendes? 

Me limito a permanecer callado. Me gustaría hundirme poco a poco en el sueño sintiendo su mano sobre mi hombro. Un tenue aleteo llega a mis oídos. 

- Tú, ahora, pronto te convertirás en el chico de quince años más fuerte del mundo – me repite al oído en voz baja el joven llamado Cuervo mientras me dispongo a dormir. Como si tatuara con tinta azul oscuro estas palabras en mi corazón. 

Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violencia de la tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, así mismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás. 

Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta. 

 El día de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa, me marché a una ciudad desconocida y empecé a vivir en un rincón de una pequeña biblioteca.

Haruki Murakami, Kafka en la orilla

domingo, 24 de febrero de 2013

El mejor oficio del mundo

"Tal vez el infortunio de las facultades de Comunicación Social es que enseñan muchas cosas útiles para el oficio, pero muy poco del oficio mismo."

Ser periodista hoy por Gabriel García Márquez. Aunque mucho de lo expuesto es discutible, bien merece ser leído para hacer reflexionar a uno sobre esta profesión tan apasionante como es el periodismo.

Ahí os dejo el enlace:
http://elpais.com/diario/1996/10/20/sociedad/845762406_850215.html