viernes, 28 de diciembre de 2012

Y así es como fue y así es como lo siento: como uno de los mejores años de mi vida. Por todo lo bueno que me ha pasado. Por todos los buenos amigos, los de siempre y los más recientes, que día tras día han conseguido sacarme maravillosas sonrisas. Sobra decir que me habéis llenado de vida y habéis encendido de nuevo la alegría, en los últimos meses apagada. Tenéis ganado mi corazón y mi amistad incondicional. Sin vosotros nada sería igual. Mil gracias.

Fin de año

En más de una ocasión me he preguntado cuando empieza lo nuevo y cuando acaba lo viejo. Yo estoy convencida que no es un día del calendario, ni un nuevo año… Tiene que ser un acontecimiento, grande o pequeño. Algo que nos cambia, que nos da esperanzas. Una nueva forma de vivir y de contemplar el mundo. 

Todo llega, y todo pasa. Y uno de los mejores años, de tantos como recuerdo ahora mismo, pretende terminarse en un abrir y cerrar de ojos. Un año de tristezas y alegrías que decidieron convivir para mostrarme que en más de una ocasión hay que saber seguir adelante porque, tarde o temprano, las cosas acaban siempre cambiando. 

Ojalá que en el nuevo el sol no deje nunca de brillar y que la vida no nos lleve hasta lo negro. Y si eso ocurre, es mejor caminar, que parar y ponerse a temblar.

martes, 18 de diciembre de 2012

Los tansmisores poseídos

Existe un lenguaje del poder, y que sus articulaciones llegan nítidas hasta los ciudadanos. El poder del dinero, de la política, del terrorismo, el poder en general, todo aquello que ejerce alguna suerte de fuerza, logra que su discurso cale y que la seducción se produzca. Para ello cuenta con unos transmisores dóciles: los periodistas y su general preparación escasa en materia de lenguaje. La prensa y los medios audiovisuales se han convertido en reproductores acríticos de cuanto el poder desea difundir mediante la manipulación de las palabras. Porque han terminado asumiendo como propios los términos más envenenados. 

Esta tendencia a la seducción de los periodistas por el lenguaje de los poderosos y los funcionarios se halla muy extendida en todos los países que hablan español, porque en nuestro idioma las fronteras siempre tuvieron tenues dibujos, de borroso trazado, por más que las aduanas y las demarcaciones políticas inventaran lindes que cada vez parecen más artificiales.

El diario El Tiempo, de Bogotá, mimetizaba así el 17 de noviembre de 1998 el vocabulario político en una información que podía haber resultado interesante: “El sistema de Información sobre Desplazamiento Forzado y Derechos Humanos diseñó una metodología para hacer el seguimiento de las consecuencias de ese fenómeno en Colombia y prevenir acciones violentas que afecten a la población civil”. 

Se puede ver ahí la seducción que ha operado en el periodista la verborrea política. Porque el lenguaje común habría elegido sin duda “diseñó un método” en vez de “diseñó una metodología”, “seguir” en vez de “hacer un seguimiento”, y “atentados” o “ataques” en lugar de “acciones violentas”.

La fascinación que han conseguido los políticos mediante los medios informativos ha logrado incluso proscribir algunas palabras en determinados países. Los conceptos negativos han desaparecido del vocabulario, hasta el punto de resultar desconocidos en el español que se habla en esas naciones, pese a su continua presencia en otras. El diario bonarense Clarín, en su número del 17 de noviembre de 1998, expresaba en un titular: “Cae el empleo en el sector privado”. No se trata de una frase natural, porque nadie la emplearía así para comunicarse con un amigo, con el vecino o con su cónyuge. “Cae el empleo” forma una expresión seductora y responde a una visión optimista del asunto; o al menos no muy negativa para quienes resulten responsables de esa caída. Porque otorgamos a “caer” la irreversibilidad de la física: los objetos caen por el efecto de la gravedad: nadie los tira, nadie los causa. “Cae el empleo”, “llueve”, “nieva”… qué le vamos a hacer. (…) El texto de esa noticia se refiere a tal desgracia en diez ocasiones y en todas ellas se utilizan estas tres fórmulas: “caída del empleo”, “disminución del empleo”, “descenso del empleo”. Ni una sola vez “aumenta el paro”, “crece el número de parados” o “hay más gente sin trabajo”, posibilidades variadas que ofrece el idioma español.

Los informadores, pues, se han constituido en eficaces transmisores del lenguaje del poder. Los mensajes de la seducción (y de la ocultación) llegan así diáfanos al público. Podrán los periodistas ejercer la crítica en sus artículos, promover investigaciones que intenten acabar con un ministro… Muchos creen haberse convertido en la clave del contrapoder, y se ven así mismos como poderosos por disponer de medios suficientes como para cambiar la sociedad; pero en la esencia de su trabajo están prolongando el poder establecido y los mecanismos de la manipulación, merced al uso de su lenguaje de imitación que no hace sino apuntalar el sistema. Así, repiten inconscientemente las manipulaciones de los economistas, los juristas, los informáticos… de todos aquellos que están subidos a la torre y extienden sus mensajes manipulados con palabras arteras. ¿Por qué? Porque siguen la vieja tendencia de los seres subyugados de amoldarse al poder. “La mente se amolda, imita, porque en el amoldamiento, en el seguimiento de un patrón, hay más seguridad”, explicó Jiddu Krishnamurti. Y cuando se produce el amoldamiento “hay una negación total de la libertad, una negación total de la percepción, una negación total de la investigación independiente. Cuando uno se amolda hay temor”. Y los periodistas amoldan su lenguaje al del poder, expresando su temor subconsciente, el miedo a hablar por sí mismos y a comunicarse, una a una, con cada persona que les lee.

Álex Grijelmo, La seducción de las palabras

miércoles, 12 de diciembre de 2012

El valor de las palabras viejas

El ser humano suele adorar todo aquello que se relaciona con sus ancestros. Puede sentir, aún siendo agnóstico, la espiritualidad de una catedral, disfrutar de la inmensidad de un paisaje como el de vigía que se refocilaba con la ausencia de enemigos en tan vasta extensión, beber con los ojos en un lago que se observa a lo lejos, como el hombre primitivo se recreaba en los lugares del agua; unirse con la naturaleza, caminar por la calma de unas callejuelas, recorrer el casco viejo de una ciudad medieval… Y recuperar el valor de las palabras antiguas que permanecen intactas en nuestro idioma, acariciarlas como se tocan la piedra de un castillo y el ladrillo de una atalaya. Cualquier lector percibirá la voz conquistadora de los refranes y los dichos, y buceará en ellos para entender el mundo de sus antepasados y explicarse a sí mismo en el presente.

Las palabras de los campesinos de nuestros dos siglos nos conectan con quienes los precedieron en el mismo esfuerzo y los mismos problemas, y nos devuelven los ciclos de la naturaleza que olvidamos entre esos climas artificiales que producen en su interior los edificios modernos y las ciudades donde apenas se mira el cielo. Ahora conocemos la llegada del otoño porque quienes madrugan nos cuentan cómo los barrenderos arrastran algunas hojas junto a los bordillos, y la entrada de la primavera porque estornudamos con el polen, y el advenimiento del verano lo descubrimos por la ropa de colores que estrenan nuestros compañeros de trabajo, y el invierno por los adornos navideños de los grandes almacenes. Ya nadie sigue las cuatro estaciones mirando la evolución de un estanque.


Álex Grijelmo, La seducción de las palabras
Fotografía:  Gilbert Garcin

domingo, 9 de diciembre de 2012

[...] Las palabras, pues, tienen el valor de saciar los estados de ánimo, recrean la propia tristeza hasta que el poeta disfruta de ella y es feliz en su desdicha; también exaltan la felicidad hasta que quien escribe consigue vivirla de nuevo. Llevan asociadas, las palabras, las rugosidades que nombran; y parten de una sinfonía de sonidos de la que sólo pronunciamos la melodía solista, capaz por si misma, sin embargo, de evocar todas las armonizaciones de la orquesta por el recuerdo de cuantas veces los instrumentos sonaron juntos.

Su sonido forma entonces una melodía sublime, inasible, seductora. Envuelve esa música nuestros pensamientos y los exalta, convierte las ideas en sensaciones, y los sentimientos en caricias verbales. Las palabras pueden pronunciar la melancolía con el sonido del violín pero también la guerra con la potencia de los tambores. Las palabras engatusan y repelen, edulcoran y amargan, perfuman y apestan. Más vale que conozcamos su fuerza. 

Álex  Grijelmo,  La seducción de las palabras

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Canción de la semana

De repente hay unos días como hoy que empiezan cruzados. Y uno dice ¿y para qué?. Y uno piensa: y para nada. Pero yo les digo que esperen al final de la canción que todo es para algo, y que todo es por algo.