La infancia es un lugar al que no se puede regresar (y por lo general tampoco quieres hacerlo: yo desde luego jamás volvería) pero del que en realidad nunca se sale. “El niño es el padre del hombre”, decía Wordsworth en un célebre verso, y tenía razón: la infancia nos forja y lo que somos hoy hunde sus raíces en el pasado. Dicen que la Humanidad se puede dividir entre aquellos cuya infancia fue un infierno, en cuyo caso siempre vivirán perseguidos por ese fantasma, y aquellos que disfrutaron de una niñez maravillosa, que lo tienen aún mucho peor porque perdieron para siempre el paraíso. Bromas aparte (¿o quizá no sea una broma?), la infancia es una etapa morrocotuda. Toda esa fragilidad, esa indefensión, esa intensidad en las emociones; además de la imaginación febril, el tiempo eterno y una necesidad de cariño tan desesperada como la que siente el náufrago que agoniza de sed por un vaso de agua. En la infancia siempre estamos a punto de morir, metafóricamente hablando. O, al menos, de que mueran o resulten mutiladas algunas de nuestras ramas. Crecemos como bonsáis, torturados y podados y empequeñecidos por las circunstancias, las convenciones, los perjuicios culturales, los imperativos sociales, los traumas infantiles y las expectativas familiares.
Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte
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