Tan imprudentes llegamos a ser, que al acto, hemos convertido nuestro éxito en puro deber de colegial. El problema siempre está en que minimizamos los esfuerzos una vez pasados y ya no hacemos nada por volver a recordar lo mucho que nos costó, lo mucho que nos quejamos. No los llegamos a valorar, porque nunca los dimos el mérito que se merecían.
Y si no somos nosotros capaces de valorarlos, ¿cómo vamos a pedir que otros lo hagan?
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