Tenía el rostro surcado de arrugas. Sin embargo, las arrugas, lejos de envejecerla, le conferían una juventud que trascendía la edad. Formaban parte de su rostro, como si ya hubiese nacido con ellas. Cuando sonreía, las arrugas sonreían; cuando ponía cara seria, las arrugas también ponían cara seria. Y cuando no sonreían ni estaba seria, las arrugas se esparcían por todo su rostro, irónicas y cálidas. Debía de rondar la cuarentena; era una mujer agradable y atractiva. Sentí hacia ella una simpatía instantánea.
Haruki Murakami, Tokio Blues (Norwegian Wood)
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