Los grandes lectores se construyen a base de leer al cabo de su vida cientos de libros, si tuviéramos que encajarlo con una cifra, esa sería unas diez mil obras. Dedícate a leer un libro a la semana durante 50 años y conseguirás convertirte en un gran lector.
El bibliotecario vive diariamente esta oleada de libros que vienen y no se van, gracias a él. Que vienen y perduran. Él los atrapa, los detiene, los desvía, los encauza, los canaliza y finalmente los filtra para poder ofrecer una información potable al lector sediento. Un océano embravecido se calma en la biblioteca.
No todos los libros son para leerse de principio a fin, muchos son manuales a los que acudimos en busca de una información especial y concreta, otros les cogemos por gusto y les dejamos por disgusto, y algunos simplemente los ojeamos.
Antes de seguir profundizando en este tema, hemos de admitir que la biblioteca no es sin la comunidad, existe solo para la comunidad y no está hecha para la escasa lectura individual, aunque es verdad que cada vez hay más casos de bibliotecas privadas, será tal vez porque a muchos de nosotros nos enorgullece tener la estantería repleta de libros, pues parece asociarse, generalmente, al triunfo social. Al final, cada uno de nosotros nos convertimos un poco en nuestros propios bibliotecarios.
Actualmente se considera que cuatrocientos mil volúmenes es el umbral por debajo del cual no es posible abrir una biblioteca universitaria digna de tal nombre.
La sabiduría del bibliotecario se alimenta, como toda sabiduría, de un formidable orgullo, es capaz de leerlos sin necesidad de abrirlos. Su mirada es capaz de atravesar las tapas. Observa la portada, el autor, los editores, va directamente al colofón, se fija en la fecha, en el formato, en el número de páginas. Se detiene en el sumario, verifica si hay índices. Evalúa, finalmente, el grosor y la calidad del papel, de la encuadernación y de la impresión. Es evidente que si los escritores supieran todo esto harían falsos libros únicamente para las bibliotecas. Pero esto que acabo de decir, no os debería dejar caer en el engaño, su mirada no es solamente superficial. El bibliotecario lo sabe todo, quienes lo comprarán, y quienes no, o quienes quisieran y no pueden.
Los libros, son los sucesores del Libro. El bibliotecario debe encargarse de construir con libros una verdad colectiva, una especie de seudo-error a partir de libros y documentos que son solamente verdades privadas, es decir, errores solitarios. Todos los libros mienten y algunos lo hacen sin disimulo. Pero todos los libros en su conjunto ¿no constituyen una especie de verdad? El lector se convierte entonces, en una autoridad, seres pensantes y no meros receptores.
El bibliotecario es tolerante por definición. Vive de la diversidad de opiniones, pero hay que señalar que la tolerancia no es sinónimo de independencia. Karl Marx decía que la época que produce determinados libros es la misma que produce sus lectores. Podríamos añadir que es también la que produce sus bibliotecarios.
Su tarea habitual será pues la de realizar con éxito la labor de seleccionar el conocimiento. En el equilibrio de éste conocimiento descansa la labor del bibliotecario. En definitiva, son los encargados de construir este frágil edificio elevado sobre arena. Nada hay más fácil hoy en día que adquirir libros por kilómetros. Nada más difícil que construir un fondo pertinente y útil tal y como lo concebían los bibliotecarios del Siglo de las Luces.
En definitiva, toda biblioteca es fruto de una selección. El bibliotecario se convierte así en el primer autor de su biblioteca, cuando hace la selección.
No hay comentarios:
Publicar un comentario