[...] Las palabras, pues, tienen el valor de saciar los estados de ánimo, recrean la propia tristeza hasta que el poeta disfruta de ella y es feliz en su desdicha; también exaltan la felicidad hasta que quien escribe consigue vivirla de nuevo. Llevan asociadas, las palabras, las rugosidades que nombran; y parten de una sinfonía de sonidos de la que sólo pronunciamos la melodía solista, capaz por si misma, sin embargo, de evocar todas las armonizaciones de la orquesta por el recuerdo de cuantas veces los instrumentos sonaron juntos.
Su sonido forma entonces una melodía sublime, inasible, seductora. Envuelve esa música nuestros pensamientos y los exalta, convierte las ideas en sensaciones, y los sentimientos en caricias verbales. Las palabras pueden pronunciar la melancolía con el sonido del violín pero también la guerra con la potencia de los tambores. Las palabras engatusan y repelen, edulcoran y amargan, perfuman y apestan. Más vale que conozcamos su fuerza.
Álex Grijelmo, La seducción de las palabras
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