martes, 18 de diciembre de 2012

Los tansmisores poseídos

Existe un lenguaje del poder, y que sus articulaciones llegan nítidas hasta los ciudadanos. El poder del dinero, de la política, del terrorismo, el poder en general, todo aquello que ejerce alguna suerte de fuerza, logra que su discurso cale y que la seducción se produzca. Para ello cuenta con unos transmisores dóciles: los periodistas y su general preparación escasa en materia de lenguaje. La prensa y los medios audiovisuales se han convertido en reproductores acríticos de cuanto el poder desea difundir mediante la manipulación de las palabras. Porque han terminado asumiendo como propios los términos más envenenados. 

Esta tendencia a la seducción de los periodistas por el lenguaje de los poderosos y los funcionarios se halla muy extendida en todos los países que hablan español, porque en nuestro idioma las fronteras siempre tuvieron tenues dibujos, de borroso trazado, por más que las aduanas y las demarcaciones políticas inventaran lindes que cada vez parecen más artificiales.

El diario El Tiempo, de Bogotá, mimetizaba así el 17 de noviembre de 1998 el vocabulario político en una información que podía haber resultado interesante: “El sistema de Información sobre Desplazamiento Forzado y Derechos Humanos diseñó una metodología para hacer el seguimiento de las consecuencias de ese fenómeno en Colombia y prevenir acciones violentas que afecten a la población civil”. 

Se puede ver ahí la seducción que ha operado en el periodista la verborrea política. Porque el lenguaje común habría elegido sin duda “diseñó un método” en vez de “diseñó una metodología”, “seguir” en vez de “hacer un seguimiento”, y “atentados” o “ataques” en lugar de “acciones violentas”.

La fascinación que han conseguido los políticos mediante los medios informativos ha logrado incluso proscribir algunas palabras en determinados países. Los conceptos negativos han desaparecido del vocabulario, hasta el punto de resultar desconocidos en el español que se habla en esas naciones, pese a su continua presencia en otras. El diario bonarense Clarín, en su número del 17 de noviembre de 1998, expresaba en un titular: “Cae el empleo en el sector privado”. No se trata de una frase natural, porque nadie la emplearía así para comunicarse con un amigo, con el vecino o con su cónyuge. “Cae el empleo” forma una expresión seductora y responde a una visión optimista del asunto; o al menos no muy negativa para quienes resulten responsables de esa caída. Porque otorgamos a “caer” la irreversibilidad de la física: los objetos caen por el efecto de la gravedad: nadie los tira, nadie los causa. “Cae el empleo”, “llueve”, “nieva”… qué le vamos a hacer. (…) El texto de esa noticia se refiere a tal desgracia en diez ocasiones y en todas ellas se utilizan estas tres fórmulas: “caída del empleo”, “disminución del empleo”, “descenso del empleo”. Ni una sola vez “aumenta el paro”, “crece el número de parados” o “hay más gente sin trabajo”, posibilidades variadas que ofrece el idioma español.

Los informadores, pues, se han constituido en eficaces transmisores del lenguaje del poder. Los mensajes de la seducción (y de la ocultación) llegan así diáfanos al público. Podrán los periodistas ejercer la crítica en sus artículos, promover investigaciones que intenten acabar con un ministro… Muchos creen haberse convertido en la clave del contrapoder, y se ven así mismos como poderosos por disponer de medios suficientes como para cambiar la sociedad; pero en la esencia de su trabajo están prolongando el poder establecido y los mecanismos de la manipulación, merced al uso de su lenguaje de imitación que no hace sino apuntalar el sistema. Así, repiten inconscientemente las manipulaciones de los economistas, los juristas, los informáticos… de todos aquellos que están subidos a la torre y extienden sus mensajes manipulados con palabras arteras. ¿Por qué? Porque siguen la vieja tendencia de los seres subyugados de amoldarse al poder. “La mente se amolda, imita, porque en el amoldamiento, en el seguimiento de un patrón, hay más seguridad”, explicó Jiddu Krishnamurti. Y cuando se produce el amoldamiento “hay una negación total de la libertad, una negación total de la percepción, una negación total de la investigación independiente. Cuando uno se amolda hay temor”. Y los periodistas amoldan su lenguaje al del poder, expresando su temor subconsciente, el miedo a hablar por sí mismos y a comunicarse, una a una, con cada persona que les lee.

Álex Grijelmo, La seducción de las palabras

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