jueves, 31 de marzo de 2011

Con la oreja en el oído

Durante el almuerzo de Dubrovnik me di cuenta de que el tipo del restaurante se esforzaba por comunicarse conmigo en un castellano portuario adquirido por contagio gracias al contacto diario con el creciente turismo español y tuve en ese momento la horrible sensación de que si él a mí no me entendía bien no era porque yo no hablase su idioma, sino por lo mal que me expresaba en el mío al intentar poner mi vocabulario al alcance de sus conocimientos. Pensé entonces que los españoles hemos sido siempre un pueblo ansioso de salir al extranjero y de relacionarnos con otros pueblos, pero a menudo reacios a la aceptación de sus costumbres y sin duda resistentes al aprendizaje de sus idiomas.

Hablamos mucho, gritamos demasiado y nos cuesta escuchar, como si tuviésemos orejas dentro de los oídos. Millares de compatriotas que vivieron durante años en Alemania regresaron luego sin haber aprendido bien el alemán y, lo que es peor, habiendo echado a perder una parte de sus conocimientos del castellano.

Un tipo que trabajó durante muchas campañas en la flota bacaladera me contó que de los días de arribada en puertos de Canadá lo único que muchos de sus compañeros había aprendido de memoria era el precio en dólares de las busconas y los nombres de las enfermedades que podrían contraer. Fue él quien me aseguró que los españoles sólo mostraríamos verdadero interés por aprender lenguas nuevas si los idiomas diesen que desconfiar, estuviesen castigados o fuesen vicios.

Es una suerte que contemos ahora con una hornada de jóvenes con interés por salir al extranjero y ansiosos de aprender los idiomas de otros pueblos. Es alentador que esos muchachos inviertan la endémica pereza idiomática de sus compatriotas en un momento en el que otros muchos jóvenes han sustituido la lengua materna por una jerga sintética en la que en una frase de seis palabras, cuatro podrían acabar mezcladas con las flemas catarrales de cualquier escupidera.

Desde luego, a mí me habría gustado comprender en su idioma al tipo de Dubrovnik y compensarle un poco de su amabilidad con los forasteros y de sus esfuerzo por hacerse entender en su propio país. Resulta muy incómodo que el camarero que te atiende tenga que adivinar tus necesidades fecales por la congestión de tu rostro.

Menos mal que de mi indigencia idiomatica me consuelo cada vez que escucho a Julio Iglesias cantando con Willie Nelson y por conveniencia pienso que, según se mire, el inglés sólo es una manera como otra cualquiera de pronunciar mal el castellano.

J. L. ALVITE

sábado, 26 de marzo de 2011

Almas del nueve largo

Yo tuve diez años en un momento de mi vida en el que todos los niños de mi edad eran mayores que yo. Bueno, a lo mejor eso me ocurría porque estaba distraído mirando cómo se estrenaba a mí alrededor la vida y me fijaba poco en ellos. La verdad es que a los diez años a mí me parecía que el mar aún extrañaba la orilla y que, para no perderse de su aroma, la brisa del salitre y el aliento de las flores recorrían al tacto la costa neófita y garrapiñada.

Una mañana me adentré en la bajamar de Camabados y me metí hasta la cintura en la paz obstétrica y epidural del agua, caminando sobre un silbante morse de almejas y berberechos, sintiendo en las piernas la suave acupuntura de los camarones, sobrevolado por un párrafo de cormoranes altos, como el bracero infantil y descansado de una azulada plantación de silencio, agua y espuma. Mientras el agua pagana y ladrada me santiguaba las ingles, vi pasar a lo lejos una pañolada de veleros orzando en cursiva para recoger un sorbo de viento en la hernia de sus aparejos. Todo entonces era nuevo para mí y estaba seguro de que a cada rato se abrirían flores en las que jamás antes hubiese estado su aroma y ocurrirían frente a mis ojos cosas fantásticas e inimaginables de las que nadie sabría aún el nombre.

Yo solo tenía diez años, sólo eso, como tú, amiga mía, y ¿sabes?, entonces me parecía que nada malo podría ocurrirme y que, con el espectáculo de la vida debutando sin ensayos para mí, los trenes se deslizarían sin fatiga sobre la vainica de las vías, como las yemas de los dedos en la bandurria de Santi el relojero; el hambre volvería pan la saliva en rama de los mendigos y sólo la muerte tendría los días contados.

Todo era entonces tan hermoso, chiquilla, y tan nuevo, que aún la mitad del humo desconocía cuál era exactamente su llama y ni siquiera a los difuntos le habían caído cosas en el olvido. Y te prometo que todo era entonces tan suave, tan fértil, niña, y era todo en aquellos días tan acogedor y entrañable, que podría, si quisiera, recorrer el fondo del mar pisando a oscuras con una campanilla de cera en una mano y una vela ardiendo con sus llamas de miel en la otra mano. Yo tenía sólo diez años. Y todo eso sucedió en un momento de mi vida en el que lo malo que pudiese ocurrirme no sería en absoluto peor que encontrarme en la boca el sinsabor de ese puntito cítrico que de paso, que te apaga la sed, te cierra los ojos.

J.L ALVITE

viernes, 25 de marzo de 2011

Viejos conocidos

Imagen de la semana.

jueves, 17 de marzo de 2011

Héroes

Una pequeña porción de una gran catástrofe con final feliz.

Cuánta gente al igual que yo llorará a moco tendido viendo este vídeo. Ya sólo por esto se merece una entrada, unas palabras de gratitud, una reflexión. Cuando algo te emociona, te eriza el bello y te entra una especie de felicidad a borbotones, es la señal de haber dado con el secreto que encierra, a veces, la cruel vida.

¿No os recuerda a algo lo visto en el vídeo? No soy muy entendida en parábolas, pero hay una que de pequeña aprendí en el colegio y nunca la he olvidado, la parábola del buen samaritano. ¿No hay un poco (mucho) de ella en este perrito?

A mi parecer la hay. Hay mucho valor humano, aunque se trate de animales, en las imágenes del vídeo. Elegir estar con el otro, a sabiendas de que puede que tú tampoco salgas con él. Optar en esos momentos por una actitud egoísta, sería lo que la mayoría de nosotros hubiéramos hecho. Mirar por el yo, y hacer la vista gorda por el aquel.

Por esto mi convencimiento.

Hoy la entrada va por estos héroes especiales. Por ellos, y por todos los que anónimamente, sé que también están ahí.


martes, 8 de marzo de 2011

Como un marino en el océano…

Los grandes lectores se construyen a base de leer al cabo de su vida cientos de libros, si tuviéramos que encajarlo con una cifra, esa sería unas diez mil obras. Dedícate a leer un libro a la semana durante 50 años y conseguirás convertirte en un gran lector.

El bibliotecario vive diariamente esta oleada de libros que vienen y no se van, gracias a él. Que vienen y perduran. Él los atrapa, los detiene, los desvía, los encauza, los canaliza y finalmente los filtra para poder ofrecer una información potable al lector sediento. Un océano embravecido se calma en la biblioteca.

No todos los libros son para leerse de principio a fin, muchos son manuales a los que acudimos en busca de una información especial y concreta, otros les cogemos por gusto y les dejamos por disgusto, y algunos simplemente los ojeamos.

Antes de seguir profundizando en este tema, hemos de admitir que la biblioteca no es sin la comunidad, existe solo para la comunidad y no está hecha para la escasa lectura individual, aunque es verdad que cada vez hay más casos de bibliotecas privadas, será tal vez porque a muchos de nosotros nos enorgullece tener la estantería repleta de libros, pues parece asociarse, generalmente, al triunfo social. Al final, cada uno de nosotros nos convertimos un poco en nuestros propios bibliotecarios.

Actualmente se considera que cuatrocientos mil volúmenes es el umbral por debajo del cual no es posible abrir una biblioteca universitaria digna de tal nombre.

La sabiduría del bibliotecario se alimenta, como toda sabiduría, de un formidable orgullo, es capaz de leerlos sin necesidad de abrirlos. Su mirada es capaz de atravesar las tapas. Observa la portada, el autor, los editores, va directamente al colofón, se fija en la fecha, en el formato, en el número de páginas. Se detiene en el sumario, verifica si hay índices. Evalúa, finalmente, el grosor y la calidad del papel, de la encuadernación y de la impresión. Es evidente que si los escritores supieran todo esto harían falsos libros únicamente para las bibliotecas. Pero esto que acabo de decir, no os debería dejar caer en el engaño, su mirada no es solamente superficial. El bibliotecario lo sabe todo, quienes lo comprarán, y quienes no, o quienes quisieran y no pueden.

Los libros, son los sucesores del Libro. El bibliotecario debe encargarse de construir con libros una verdad colectiva, una especie de seudo-error a partir de libros y documentos que son solamente verdades privadas, es decir, errores solitarios. Todos los libros mienten y algunos lo hacen sin disimulo. Pero todos los libros en su conjunto ¿no constituyen una especie de verdad? El lector se convierte entonces, en una autoridad, seres pensantes y no meros receptores.

El bibliotecario es tolerante por definición. Vive de la diversidad de opiniones, pero hay que señalar que la tolerancia no es sinónimo de independencia. Karl Marx decía que la época que produce determinados libros es la misma que produce sus lectores. Podríamos añadir que es también la que produce sus bibliotecarios.

Su tarea habitual será pues la de realizar con éxito la labor de seleccionar el conocimiento. En el equilibrio de éste conocimiento descansa la labor del bibliotecario. En definitiva, son los encargados de construir este frágil edificio elevado sobre arena. Nada hay más fácil hoy en día que adquirir libros por kilómetros. Nada más difícil que construir un fondo pertinente y útil tal y como lo concebían los bibliotecarios del Siglo de las Luces.

En definitiva, toda biblioteca es fruto de una selección. El bibliotecario se convierte así en el primer autor de su biblioteca, cuando hace la selección.


Amigos anónimos que se desvelan

Esta entrada no se entendería sin leer antes esta otra; http://patriciaoh.blogspot.com/2011/02/amigos-anonimos.html. Amigos anónimos que se desvelan, que convierten la anécdota en algo mejor, mucho mejor que en aquella sonrisa matutina que me sacó y que como dije, tanto costaba. Hoy la entrada se la lleva él. Por Carlos. Volverás a leer esta entrada, y probablemente te reirás, me sacarás una frase de contexto, y me volverás a sacar otra sonrisa. Y es que no sé por qué estoy tan segura, pero hay algo de lo que nunca me cansaré, y esa es tú forma de ser conmigo, con los demás, con el mundo. Hoy el gracias lleva nombre, Carlos David. Gracias por lo mucho que siempre me has hecho sonreír.

El antes.

La sabiduría del bibliotecario, Michel Melot

A la imagen del sabio loco se opone la del sensato bibliotecario ¿Por qué decimos que es sensato el bibliotecario? Porque sabe que nunca será sabio, ya que cuando abre un libro todos los demás permanecen cerrados y también sabe que jamás abrirá todos los libros.

El bibliotecario ama los libros como un marino ama la mar. No es necesariamente buen nadador pero sabe navegar y sabe que no es precisamente a nado como llega más lejos. El océano del conocimiento, que hace perder la cabeza a todos los sabios hace, por el contrario, más modesto al bibliotecario.

sábado, 5 de marzo de 2011

Paren el mundo que me quiero enterar

No recuerdo un día peor en el baúl de los recuerdos del pasado más reciente. Según el felizómetro que nos han enseñado en ética (un 'termómetro' capaz de medir la felicidad de uno) diría que hoy el mio marca el menos diez, siendo el menos diez el mayor nivel en negativo. Dejaré de irme por las ramas. Ayer perdí mi libro. La última vez que lo vi fue encima de mi mesa de clase, la última vez que volví a saber de él, fue ayer.

¿Alguna vez has perdido una cosa que no considerabas que era importante, y que sin embargo, una vez perdida, te das cuenta de cuan valor poseía?

Si como a Aladín se me concedieran tres deseos, desearía que el primero fuera eso que por título gritaba mi libro; Paren el mundo que me quiero enterar (y yo añado, de dónde estás).

jueves, 3 de marzo de 2011

El dilema del tren

Estamos en una vía de tren, y vemos que un malvado ha puesto a cinco personas atadas en la vía. Tú, estás al lado de un cambio de agujas, pero en la otra vía está otra persona (vamos a llamarla gorda para que la podamos identificar bien), en esta ocasión solo una. ¿Estaría justificado que yo tirara del cambio de agujas?

Y dejando de lado el cambio de agujas, tenemos 5 personas atadas en la vía de tren y hay un gordo delante de ti que se sabe con seguridad, que si lo arrojas a las vías salva a los cinco que están atados ¿seguirías matando al gordo por salvar a los cinco?



martes, 1 de marzo de 2011

Canción de la semana. Motivos para seguir

Me queda como un guante. En estos días donde el optimismo no brilla mucho en mi camino por culpa de tantos trabajos y exámenes que he de superar, me he arrancado a cantar todos los días, al menos, un par de veces el estribillo de esta canción, y así, con perseverancia, como en cualquier materia de la vida que se precie, conseguiré en verdad creerme que mañana será mejor. Que mañana conseguiré sacar lo que hoy me preocupa.


Cada nota me hace sonreír.