jueves, 31 de marzo de 2011
Con la oreja en el oído
sábado, 26 de marzo de 2011
Almas del nueve largo
Yo tuve diez años en un momento de mi vida en el que todos los niños de mi edad eran mayores que yo. Bueno, a lo mejor eso me ocurría porque estaba distraído mirando cómo se estrenaba a mí alrededor la vida y me fijaba poco en ellos. La verdad es que a los diez años a mí me parecía que el mar aún extrañaba la orilla y que, para no perderse de su aroma, la brisa del salitre y el aliento de las flores recorrían al tacto la costa neófita y garrapiñada.
Una mañana me adentré en la bajamar de Camabados y me metí hasta la cintura en la paz obstétrica y epidural del agua, caminando sobre un silbante morse de almejas y berberechos, sintiendo en las piernas la suave acupuntura de los camarones, sobrevolado por un párrafo de cormoranes altos, como el bracero infantil y descansado de una azulada plantación de silencio, agua y espuma. Mientras el agua pagana y ladrada me santiguaba las ingles, vi pasar a lo lejos una pañolada de veleros orzando en cursiva para recoger un sorbo de viento en la hernia de sus aparejos. Todo entonces era nuevo para mí y estaba seguro de que a cada rato se abrirían flores en las que jamás antes hubiese estado su aroma y ocurrirían frente a mis ojos cosas fantásticas e inimaginables de las que nadie sabría aún el nombre.
Yo solo tenía diez años, sólo eso, como tú, amiga mía, y ¿sabes?, entonces me parecía que nada malo podría ocurrirme y que, con el espectáculo de la vida debutando sin ensayos para mí, los trenes se deslizarían sin fatiga sobre la vainica de las vías, como las yemas de los dedos en la bandurria de Santi el relojero; el hambre volvería pan la saliva en rama de los mendigos y sólo la muerte tendría los días contados.
Todo era entonces tan hermoso, chiquilla, y tan nuevo, que aún la mitad del humo desconocía cuál era exactamente su llama y ni siquiera a los difuntos le habían caído cosas en el olvido. Y te prometo que todo era entonces tan suave, tan fértil, niña, y era todo en aquellos días tan acogedor y entrañable, que podría, si quisiera, recorrer el fondo del mar pisando a oscuras con una campanilla de cera en una mano y una vela ardiendo con sus llamas de miel en la otra mano. Yo tenía sólo diez años. Y todo eso sucedió en un momento de mi vida en el que lo malo que pudiese ocurrirme no sería en absoluto peor que encontrarme en la boca el sinsabor de ese puntito cítrico que de paso, que te apaga la sed, te cierra los ojos.
J.L ALVITE
viernes, 25 de marzo de 2011
jueves, 17 de marzo de 2011
Héroes
martes, 8 de marzo de 2011
Como un marino en el océano…
El bibliotecario vive diariamente esta oleada de libros que vienen y no se van, gracias a él. Que vienen y perduran. Él los atrapa, los detiene, los desvía, los encauza, los canaliza y finalmente los filtra para poder ofrecer una información potable al lector sediento. Un océano embravecido se calma en la biblioteca.
No todos los libros son para leerse de principio a fin, muchos son manuales a los que acudimos en busca de una información especial y concreta, otros les cogemos por gusto y les dejamos por disgusto, y algunos simplemente los ojeamos.
Antes de seguir profundizando en este tema, hemos de admitir que la biblioteca no es sin la comunidad, existe solo para la comunidad y no está hecha para la escasa lectura individual, aunque es verdad que cada vez hay más casos de bibliotecas privadas, será tal vez porque a muchos de nosotros nos enorgullece tener la estantería repleta de libros, pues parece asociarse, generalmente, al triunfo social. Al final, cada uno de nosotros nos convertimos un poco en nuestros propios bibliotecarios.
Actualmente se considera que cuatrocientos mil volúmenes es el umbral por debajo del cual no es posible abrir una biblioteca universitaria digna de tal nombre.
La sabiduría del bibliotecario se alimenta, como toda sabiduría, de un formidable orgullo, es capaz de leerlos sin necesidad de abrirlos. Su mirada es capaz de atravesar las tapas. Observa la portada, el autor, los editores, va directamente al colofón, se fija en la fecha, en el formato, en el número de páginas. Se detiene en el sumario, verifica si hay índices. Evalúa, finalmente, el grosor y la calidad del papel, de la encuadernación y de la impresión. Es evidente que si los escritores supieran todo esto harían falsos libros únicamente para las bibliotecas. Pero esto que acabo de decir, no os debería dejar caer en el engaño, su mirada no es solamente superficial. El bibliotecario lo sabe todo, quienes lo comprarán, y quienes no, o quienes quisieran y no pueden.
Los libros, son los sucesores del Libro. El bibliotecario debe encargarse de construir con libros una verdad colectiva, una especie de seudo-error a partir de libros y documentos que son solamente verdades privadas, es decir, errores solitarios. Todos los libros mienten y algunos lo hacen sin disimulo. Pero todos los libros en su conjunto ¿no constituyen una especie de verdad? El lector se convierte entonces, en una autoridad, seres pensantes y no meros receptores.
El bibliotecario es tolerante por definición. Vive de la diversidad de opiniones, pero hay que señalar que la tolerancia no es sinónimo de independencia. Karl Marx decía que la época que produce determinados libros es la misma que produce sus lectores. Podríamos añadir que es también la que produce sus bibliotecarios.
Su tarea habitual será pues la de realizar con éxito la labor de seleccionar el conocimiento. En el equilibrio de éste conocimiento descansa la labor del bibliotecario. En definitiva, son los encargados de construir este frágil edificio elevado sobre arena. Nada hay más fácil hoy en día que adquirir libros por kilómetros. Nada más difícil que construir un fondo pertinente y útil tal y como lo concebían los bibliotecarios del Siglo de las Luces.
En definitiva, toda biblioteca es fruto de una selección. El bibliotecario se convierte así en el primer autor de su biblioteca, cuando hace la selección.
Amigos anónimos que se desvelan

La sabiduría del bibliotecario, Michel Melot
A la imagen del sabio loco se opone la del sensato bibliotecario ¿Por qué decimos que es sensato el bibliotecario? Porque sabe que nunca será sabio, ya que cuando abre un libro todos los demás permanecen cerrados y también sabe que jamás abrirá todos los libros.
El bibliotecario ama los libros como un marino ama la mar. No es necesariamente buen nadador pero sabe navegar y sabe que no es precisamente a nado como llega más lejos. El océano del conocimiento, que hace perder la cabeza a todos los sabios hace, por el contrario, más modesto al bibliotecario.