sábado, 22 de septiembre de 2012

El vals del final

Tantas tardes desenredando la vida. Tantas mañanas contándola... Pasó tan rápido que no pude verlo. No lo he visto. Y al final llega la despedida.

El final es un viaje de tres meses de momentos duros, de sentimientos encontrados, de dudas en el camino. De pruebas que me han hecho más resistente, más flexible, más tierna. El final es un viaje de buena gente que camina y enriquece mi existencia. Gentes en esta ocasión con nombre propio. Supongo que a veces la amistad es algo tan hermoso que nos deja sin vocabulario para decir adiós. Por eso, yo en esta ocasión no me despediré, no, porque esto es sólo un hasta pronto.  

Llega la despedida... pero sigue la vida. La mía, la de todos.  

sábado, 28 de julio de 2012

Uranita

¿Lo detestas? ¿Lo odias? ¿Todavía? "Ya no", dice en voz alta. No habrías vuelto si el rencor siguiera crepitando, la herida sangrando, la decepción anonadándola, envenenándola, como en tu juventud, cuando estudiar, trabajar, se convirtieron en obsesionante remedio para no recordar. Entonces sí lo odiabas. Con todos los átomos de tu ser, con todos los pensamientos y sentimientos que te cabían en el cuerpo.

Mario Vargas Llosa, La Fiesta del Chivo

domingo, 1 de julio de 2012

"¿Cuántas decenas, no, centenares de domingos como éste me quedan por vivir?", me pregunté. "Domingos tranquilos, apacibles, y solitarios", dije en voz alta. Los domingos no me doy cuerda. 
Haruki Murakami, Tokio Blues (Norwegian Wood)
El tiempo transcurría al ritmo de mis pasos. A mi alrededor, hacía tiempo que todos había emprendido la marcha, y yo y mi tiempo seguíamos arrastrándonos con torpeza por aquel lodazal. A mi alrededor, el mundo estaba a punto de experimentar grandes transformaciones. (...) Y yo me limitaba a vivir día tras día sin a penas levantar la cabeza. Lo único que se reflejaba en mis pupilas era aquel lodazal infinito. Levantaba el pie derecho, luego el izquierdo, de nuevo el pie derecho. Ni siquiera sabía con certeza dónde me encontraba. No lograba orientarme. Sólo sabía que tenía que dirigirme a alguna parte y, por ese motivo, movía los pies. 
Haruki Murakami, Tokio Blues (Norwegian Wood)
Recuerdo con toda claridad el pequeño crujido que hacía al mordisquear el pepino. Las personas, al morirnos, dejamos atrás unos pequeños y extraños recuerdos.
Cuando me despierto por las mañanas, todavía en la cama, te imagino a ti y a Reiko en el gallinero. Me parece ver a los pavos reales, a las palomas, a los loros y a los pavos. También recuerdo el chubasquero amarillo con capucha que os ponéis cuando llueve. Es muy reconfortante pensar en ti, yo todavía en la cama y bien tapado. Me da la sensación de que estás junto a mí durmiendo hecha un ovillo. Y pienso en lo maravilloso que sería que esto fuese cierto.

A veces me siento muy solo, pero intento afrontar la vida con ánimo. Al igual que todas las mañanas tú cuidas de las aves del gallinero y trabajas en el campo, yo me doy cuerda a mi mismo. Antes de saltar de la cama, lavarme los dientes, afeitarme, desayunar, vestirme, salir de la residencia y llegar a la universidad, ya he dado treinta y seis vueltas a la clavija. Me digo a mi mismo: "¡Vamos! Hoy empieza otro día. ¡Ánimo!". No me había dado cuenta de que hablo mucho solo. Puede que, mientras me doy cuerda, no pare de murmurar todo el tiempo.

Haruki Murakami, Tokio Blues (Norwegian Wood)
- Piensa que la vida es como una caja de galletas.
Negué varias veces con un gesto de la cabeza y me quedé mirándola.
- Quizá sea un poco tonto, pero a veces no te entiendo.
- En una caja de galletas hay muchas clases distintas de galletas. Algunas te gustan y otras no. Al principio te comes las que te gustan, y al final sólo quedan las que no te gustan. Pues yo, cuando lo estoy pasando mal, siempre pienso: "Tengo que acabar con esto cuanto antes y ya vendrán tiempos mejores. Porque la vida es como una caja de galletas".
- Eso es filosofía.
- Pero es cierto. Yo lo he aprendido de manera empírica -dijo Midori.

Haruki Murakami, Tokio Blues (Norwegian Wood)
Dejé el paraguas a nuestros pies y la abracé con fuerza bajo la lluvia. Nos envolvía un rumor sordo parecido al de los neumáticos de un coche circulando por la autopista. La lluvia seguía cayendo en silencio, incansable, empapándonos el pelo, rodando por nuestras mejillas como lágrimas, tiñendo de oscuro la chaqueta tejana de Midori y mi chaqueta forrada de nailon amarillo. 
Haruki Murakami, Tokio Blues (Norwegian Wood)

viernes, 29 de junio de 2012

No es sólo culpa mía. Me refiero a que yo sea tan poco afectuosa. Y lo reconozco. Pero si ellos..., si mi padre y mi madre..., si ellos me hubiesen querido un poco más, yo, por mi parte, ahora sería de otra forma. Y estaría mucho, pero que mucho más triste.

-¿Crees que no te quisieron demasiado?
Ella volvió la cabeza y me miró fijamente. Hizo un gesto afirmativo.
-Yo diría que entre "no lo suficiente" y un "nada de nada". Siempre estuve hambrienta. Aunque sólo hubiera sido una vez, hubiera querido recibir amor a raudales. Hasta hartarme. Hasta poder decir: "Ya basta. Estoy llena. No puedo más". Me hubiera conformado con una vez. Pero ellos jamás me dieron cariño. Si me acercaba con ganas de mimos, mis padres me apartaban de un empujón. "Esto cuesta dinero", decían. Únicamente sabían quejarse. Siempre igual. Así que pensé lo siguiente: "Conoceré a alguien que me quiera con toda su alma los trescientos sesenta y cinco días del año".

Haruki Murakami, Tokio Blues (Norwegian Wood)
Tenía el rostro surcado de arrugas. Sin embargo, las arrugas, lejos de envejecerla, le conferían una juventud que trascendía la edad. Formaban parte de su rostro, como si ya hubiese nacido con ellas. Cuando sonreía, las arrugas sonreían; cuando ponía cara seria, las arrugas también ponían cara seria. Y cuando no sonreían ni estaba seria, las arrugas se esparcían por todo su rostro, irónicas y cálidas. Debía de rondar la cuarentena; era una mujer agradable y atractiva. Sentí hacia ella una simpatía instantánea.

Haruki Murakami, Tokio Blues (Norwegian Wood)

viernes, 22 de junio de 2012

La memoria es algo extraño. Mientras estuve allí, apenas presté atención al paisaje. No me pareció que tuviera nada de particular y jamás hubiera sospechado que, dieciocho años después, me acordaría de él hasta en sus pequeños detalles. A decir verdad, en aquella época a mí me importaba muy poco el paisaje. Pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí. Estaba en una edad en que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerán, todo volvía al mismo punto de partida: yo.

Haruki Murakami, Tokio Blues (Norwegian Wood)